Quitado el de El Zorro, los caballos blancos de las películas del Oeste eran los que siempre corrían más. Aunque fuera a cámara acelerada y en unos montajes toscos, no fallabas casi nunca. Si el malo de la peli seguía en caballo negro al bueno en caballo blanco, nunca lo cogía. Si el bueno en caballo blanco salía detrás del malo en caballo negro, no tenías ninguna duda de que lo alcanzaba al llegar a los peñascos. A los blancos sólo les podían ganar, si acaso, los caballos de manchas negras de los indios. Al ver en Cheste la presentación de los coches de las escuderías pobres tan blancos y sus corredores con los monos tan inmaculados, sin publicidad y ni una mísera pegatina de estación de esquí, te das cuenta de las vueltas que da el mundo. Está claro que esos «caballos» no van a ganar ni una carrera y que los campeones serán los de las manchas. El blanco, como dice Bartual, en el deporte significa austeridad. Y derrota segura.