Alarte, en Castelló, disparó certero: «Gerardo Camps no está». Y no está, en efecto, el vicepresidente económico, en una crisis de efectos traumáticos, que ha dejado medio millón de parados en la esquina y a los empresarios sin aliento (son los empresarios, siguiendo la teoría de los gases, los que presentan propuestas y estudios económicos a GC para sortear la recesión, como si el mundo se hubiera vuelto del revés). En las depresiones financieras, los responsables del área económica cobran protagonismo espoleados por la vorágine. Si se muestran incorpóreos es que algo falla. Para bien o para mal. Observemos el caso de Solbes. Lo apartó Zapatero: su visibilidad era enorme. Tanta, que le hacía sombra. Así ha de ser en los «shoks» económicos. Gerardo Camps, en cambio, no está. Se camufla o se esconde. Ha de ser suplido, incluso, por el propio presidente. Mal asunto. GC se hizo palpable mientras pilotó un afán, que se ha convertido en polvo cósmico: el de fusionar Bancaja y CAM. Después de la tempestad, silencio y apatía. Era previsible. Se topó con los de siempre –el sur compungido– y tal vez con una gestión de la evidencia –que es ya casi una fatalidad– que no supo doblegar. Y hasta ahora.
Canal 9, la excusa. Alarte dijo a los suyos, emplazándoles a ganarse el pan con los sudores preelectorales: «Canal 9 no ha de ser una excusa». Cierto. Hasta el momento, entre los socialistas valencianos, existía una disculpa imperial para todas sus desgracias: Canal 9. La televisión autonómica servía como alegato, como justificación del fracaso. No sólo electoral, sino de todo el breviario por el que transcurrían los acontecimientos políticos. Si se perdían las elecciones, la culpa la tenía Canal 9. Si el líder carecía de imagen, igual. Si la sociedad no recibía los mensajes que emitía el PSPV, más de lo mismo. Si el debate político se decantaba hacia un lado, allí estaba Canal 9. Si la acción política no adquiría proyección pública, la causa había que buscarla en Canal 9. De modo que, al final, Canal 9 –constituida en el centro del mundo infernal contra el socialismo autonómico– se había erigido en el gran pretexto para la evasión o la fuga de las responsabilidades políticas. ¿Para qué había que moverse si allí estaba Canal 9? Alarte sabe que hay que emplear fórmulas alternativas y que el guión de TVV es inmutable. Pero sobre todo sabe una gran cosa: Canal 9 no puede ser la excusa. Ni servir como placebo. La tribu ya no rodeará al maléfico tótem para deshechizarlo. Ahora ha de arreglárselas por su cuenta.
Tríada olvidada. Sostiene Alarte que las reivindicaciones del Consell sobre la financiación, el agua y el AVE son debates del pasado. Uno no estaría tan seguro. Si eliminamos el AVE de la tríada –el tren alcanzará Valencia con Blanco transfigurado en una deidad: hasta Camps y Rita le aplauden–, el agua y la financiación no son episodios políticos sellados. Queda mucho combustible. Alarte ha aguantado la posición discordante con su partido en el Tajo/Segura pero los conflictos hídricos son de largo recorrido. Y en la financiación andamos por la cola. Los reproches de Alarte, en este lance, son de baja intensidad y se confunden con un silbido. Promete aliviar el desajuste. Pero no está la caja de Zapatero para muchos trotes.