El cementerio nuclear, perdón, almacén temporal centralizado, ya tiene doce pretendientes algunos de nombres tan improbables como Melgar de Arriba, Sanervás de Campo y Congosto de Valdivia, recuerdo de cuando los dioses nacían en Extremadura o por ahí y la cosa va alcanzado niveles de ameno desgarro comparables a los de Tómbola o como se llame ahora la cancha de la Campanario y demás pendientes desorejados. Los demonios son, en este tiempo, tecnológicos: nos aseguran que los isótopos furiosos estarán confinados en cofres de plomo, encerrados en bloques de hormigón, hundidos en profundos sarcófagos de granito, o sea una visión del Averno sin Dante.
La radiactividad es peor que un miura, pero más cornadas da el hambre y mientras le dábamos a tope al aire acondicionando, se nos iba acumulando el plutonio y el dinero que hubiéramos podido gastar en atender a quienes ahora parecen entregados a una disputa de gañanes o subasta de virgos, se empleó en trimaranes y catamaranes que es algo que tiene que ver con posturitas, todo se nos va en posturitas, las de Barreda y Montilla particularmente indignadas, parece que tengan el escroto donde el cutis.
Tampoco ha aparecido por Yebra, Zarra o Ascó el señor Díaz Ferran, montado en su Ferrari, a tener un detalle con los del lugar encendido: «he visto brillar rayos C en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser», dirán, como el replicante de Blade Runner, los vecinos agraciados con el almacén temporal que no guarda ni pan ni obleas, sino material desgarrado en lo más hondo. Los residuos nucleares más activos son como un zombi en luna llena, como la cabeza de un filósofo alemán a punto de alumbrar el sistema definitivo, como un castillo de Brunchú disparado en el píloro y Zapatero, si el PP no colabora, siempre puede aplazar la decisión o pasarle el paquetón (nuclear) a Rajoy, presunto presidente futuro. Sin miedo: volviendo al replicante Roy Batty, éste decía: «Es toda una experiencia vivir con miedo ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo».