Del mismo modo que Lluís Homar fue el mejor rey Juan Carlos de la televisión, hasta el punto de que el espectador tenía que hacer esfuerzos para no confundir al real con la copia, Ginés García Millán ha hecho de su Adolfo Suárez el Adolfo Suárez que desde esta semana recordaremos los espectadores. ¿Qué le pasa a Ginés García Millán, al que vemos ahora tanto en la pantalla? Lo fácil sería decir que está en racha, que tiene suerte, que está de moda. Pero decirlo sería una injusticia que el actor no se merece. La razón, la única razón de que este hombre sea el protagonista de Adolfo Suárez, el presidente, que Antena 3 emitió en dos memorables entregas, es porque este gran hombre es uno de los grandes artistas de este país que ha ido conquistando reconocimiento y popularidad no por su peripecia personal sino por su trabajo, una obviedad que hoy resulta llamativa.
Ginés García Millán, Ginés, parece estar diseñado para bordar a personajes perversos, llenos de matices, siempre al otro lado de todo. Cómo olvidar su Bernardo en Herederos, su inquietante Fernando Acosta en Motivos personales, su adictivo Alonso de Castro en La señora, por citar sólo algunos trabajos recientes para televisión, que es el interés casi exclusivo de esta columna. Tengo una teoría. Este actor hace tan bien de malo porque es capaz de indagar sin exageraciones histriónicas en la condición humana, encontrando en las antípodas de su propia bondad las claves para alimentar con su talento al malvado. El actor murciano tiene la rara cualidad de la discreción, la capacidad de impregnar a sus criaturas de ficción con uno de los valores más formidables que distinguen al grande del mediocre, del etcétera, el matiz, la sutileza, es decir, lo creíble frente a la impostura.