La historia interminable de las pensiones

Ramiro Muñoz Haedo

 05:30  

El debate sobre asuntos como la Seguridad Social y las pensiones es siempre animado, recurrente e interminable en las sociedades que las tienen, aunque sea organizadas y financiadas de maneras muy diversas, tanto por su estructura como por su eficiencia social y económica.
Antes de nada, conviene recordar que los regímenes de Seguridad Social y de pensiones de jubilación no están universalizados, por lo que hay millones de seres humanos en el mundo que hoy no tienen ninguno. Que, donde los hay, no han existido siempre. Y que, donde existen, sólo durarán mientras los ciudadanos y sus instituciones quieran.
Todo lo anterior lo digo para no perder la adecuada perspectiva en un debate que ha estallado en España con enorme crudeza, a raíz de una propuesta del Gobierno en la semana pasada. La respuesta mediática, política y social ha sido apoteósica y le ha arrebatado el protagonismo informativo y en la calle a otros animados debates sobre el cementerio nuclear, el empadronamiento de los inmigrantes e, incluso, al apasionante asunto de la sanción deportiva a Cristiano Ronaldo. Ahora, de las pensiones se habla y se escribe prolijamente en los medios de comunicación, pero también, apasionadamente, en los centros de trabajo, en los cuartos de estar y en las barras de los bares, porque no se trata de un tema menor, sino de uno social y políticamente relevante. Cómo no iba a serlo, si se trata del salario diferido, cobrable a partir de una edad determinada, o sea, cuando se deja de considerar a una persona laboralmente activa y pasa a percibir una pensión de jubilación.
El asunto es una pieza angular del modelo socioeconómico del Estado del Bienestar y, por tanto, lleva años discutiéndose en numerosos foros académicos, económicos y políticos nacionales e internacionales, con enfoques y respuestas nada inocentes y ha producido abundantes y complejos análisis, propuestas, proyecciones y publicaciones que reflejan una amplia gama de colores ideológicos, políticos e intereses sociales muy diversos, aunque parezca que ha sido en los últimos días cuando algunos en España hayan descubierto el Mediterráneo. Tal vez, esa caída paulina del caballo se justifica porque el asunto ha levantado cabeza en un contexto de grave crisis económica y de explosivo aumento del desempleo, lo que pone a casi todo el mundo los nervios a flor de piel.
No es mi propósito hacer aquí y ahora una miscelánea de las diversas propuestas planteadas sobre las pensiones en España, en Europa o en América, sino solicitar sosiego y calma en el planteamiento del problema, en las formas y en los tiempos, para que el debate pueda ser fructífero y no se reduzca a una trifulca más o menos divertida. Porque a la discusión no le convienen las improvisaciones, las prisas o los enrocamientos dialécticos irreversibles, sobre todo, porque la experiencia nos enseña que el método que condujo al Pacto de Toledo y a sus retoques posteriores, ha sido lento, sólido, muy discutido y muy concertado por todas las variadas partes implicadas, lo que le proporciona un potente respaldo político y social.
Es precisamente aquí donde veo un fallo garrafal en la propuesta del Gobierno para «una revisión del Pacto de Toledo». Si algunos de sus contenidos son, me atrevo a decir, razonables y susceptibles de acuerdo social y político amplio en una discusión serena y con vocación de consenso, el modo de presentarla, los argumentos utilizados y el momento en que se ha hecho, la han herido de muerte. Los sindicatos amenazan con una huelga general y frenan su activo trabajo en pro de la concertación social, las fuerzas políticas parlamentarias no van a acordar nada de calado hasta después de los procesos electorales de 2011 y 2012, los órganos de gobierno de la patronal están seriamente tocados por los avatares empresariales de su presidente, los militantes del Partido Socialista están desconcertados, los votantes cabreados. En resumen, cualquier apoyo a una reforma del Pacto de Toledo en el sentido de lo propuesto por el Gobierno se ha tornado imposible, a pesar de que algunos de sus parámetros pudiesen tener, en otro contexto, un amplio respaldo político y social. Oportunidad e inoportunidad son dos parámetros fundamentales en la economía, en la política y en la vida personal. Los argumentos ocultos o públicos para defender la propuesta pueden ser de peso, pero, proponer desnudar un santo para vestir a otro, no parece la mejor fórmula para arreglar ni unos, ni otros problemas. La torpeza e inoportunidad de la propuesta gubernamental seguramente ha cegado temporalmente un debate, unas reformas y unos acuerdos imprescindibles.

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