Los amigos me tienen la bandeja de entrada del correo electrónico muy enriquecida y vitaminada, llena de links y otros productivos fermentos. En uno de esos envíos me llega un artículo de Arturo Pérez Reverte —que fue compañero mío de curso— en donde acomete una pequeña proeza: descalificar en bloque a nuestra clase política sin caer en el elogio del cuartel o de la dignidad y nobleza del pueblo llano. Como cada vez que alguien señala, el tonto mira el dedo, la vicepresidenta del Congreso, una tal Teresa Cunillera, ha salido en defensa de la honra corporativa, aunque ya había avisado el novelista que «siempre hay justos en Sodoma» y que sólo «quería echar la pota», un desahogo, aunque el viejo corresponsal de guerra vuelve a brillar en una frase: «Estuve en los bosques de cruces de madera, en los callejones sin salida a donde llevan sus irresponsabilidades, sus corruptelas…»
Sí, la partidocracia está abonada a la selección inversa, es como un burro agraviado y parece vivir eternamente en el reino de Siam, donde cada amanecer una guadaña cercena las cabezas sobresalientes, pero eso puede predicarse de cualquier casta de privilegiados. No hay mucha renovación en las genealogías bancarias o en las cátedras más apetecibles, y eso que unos y otros, a diferencia de los obispos, se reproducen sexualmente. Incluso un albañil o un fontanero puede vender sus servicios a precios de notario cuando la necesidad aprieta, no es que el hombre sea malo por naturaleza, es que no es demasiado bueno.
Hay algunas ideas para limitar la inmensa capacidad de los políticos para desasirse de sus obligaciones: listas abiertas, desde luego; circunscripciones más pequeñas y estricta proporcionalidad, probablemente; en todo caso, supresión de la inmunidad para todo aquello que no tenga que ver con la actividad política y limitación de la capacidad de nombrar cargos de confianza y, como proponía el profesor Víctor Lapuente, gerentes en áreas municipales cuyo mandato no coincida con el ciclo electoral. Y votar a quien las proponga y sólo a ellos.
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