Es el Lucifer, el dragón de fuego, el demonio que nos mira sonriente y cínico esperando tranquilo en un rincón del salón de casa. Soy un devoto del hombre, soy un humanista, puede que el último humanista, decía Al Pacino en una de las escenas cumbre de Pactar con el diablo, que José Mota parodió en su programa de La 1. En la lista de los diablos de nuestros días hay tortas, un papeles para todos por estar ahí, un efecto llamada con el que vivimos casi con naturalidad. Pero no me negarán que la tele simboliza como pocos el puesto número uno. Se la culpa de violencia excesiva, de agresividad gratuita, de una normalizada vulgaridad, del fomento del consumismo compulsivo, de ser la tutora en la que muchos padres confían dejando a sus crías solas en la selva mientras ellos salen a buscar comida. Hasta que la cosa se desmadra. Y se desmadra a lo grande.
Pero el diablo que genera el problema también da la solución para combatir la violencia, la agresividad, la normalizada vulgaridad, el consumismo compulsivo. Y de ese demonio cínico surge Ajuste de cuentas, Generación Ni-Ni, Supernanny, o la segunda temporada de Hermano mayor. Pero el diablo tiene sus reglas. Todo lo que sale por su boca, el problema y la solución, es candela de entretenimiento. Va en sus genes. Vi el regreso de Pedro García, ex deportista de élite —oro olímpico en Atlanta 96—, ex drogadicto, y ahora rescatador de jóvenes con problemas de agresividad, vulgaridad, consumismo, falta de respeto. El caso de Alejandro, 20 años, me puso de punta los pelos del sobaco. Un bicho. En el fondo un desgraciado rabioso con el mundo, o sea, con él mismo. Desde el salón, el demonio mira cómo miramos, cínico y sonriente. Y gana la partida.