Felipe de Borbón tiene una edad

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Matías Vallés

Adolfo Suárez tenía 43 años cuando llegó a la presidencia del Gobierno, por 40 de Felipe González, 44 de Aznar y 43 de Zapatero en idéntico trance. Un peldaño más arriba, Juan Carlos de Borbón ascendió a la jefatura del Estado con 37 años. La lista de edades adquiere sentido al recordar que Felipe de Borbón acaba de cumplir 42 años, que es la media a la que los gobernantes citados ocuparon los cargos que han marcado sus biografías. El Príncipe se ha hecho mayor, pero no en el sentido habitual de rematar una aspiración, sino con el tonillo peyorativo de que cualquier dilación de su proclamación debe interpretarse como un retraso en su culminación.
La expresión «joven príncipe» se estrella contra la realidad, incluso en la era de la eterna adolescencia. De ahí la desazón de las plumas cortesanas, que estarían dispuestas a prolongar la juventud por encima de los setenta, si con ello pudieran dar rienda suelta a su adulación. Heredero desde muy joven, incluso en la asunción de la imagología propia de ese rango en circunstancias tan virulentas como el 23-F, Felipe de Borbón puede estrenarse como un rey viejo. El mito de la eterna juventud principesca posee una consistencia mayor de la esperada, cuando cuesta asociar la madurez biológica a la personalidad del primogénito. Por lo menos, hasta que no remate su destino sucesorio.
En un príncipe de 42 años, resulta tan peligroso hablar de juventud como de aprendizaje. A esa edad, la formación sólo sirve para distraer la desocupación, y pecaría de sospechosa en el practicante de cualquier otra profesión. Las esperas demasiado prolongadas acaban por minar las virtudes del candidato, disminuido por un exceso de preparación. Frente a la incertidumbre que habita Felipe de Borbón, sorprende que el debate en curso sobre las pensiones decrecientes de los españoles haya orillado a la magistratura suprema. Mueve a perplejidad que la estresante profesión de Rey se halle desprovista de fecha de jubilación, en tanto que se decreta el retiro de un catedrático de Metafísica, de actividad levemente más relajada. John McCain fue considerado un candidato desaconsejable para la Casa Blanca por mor de su avanzada edad. Tenía 69 años, y Juan Carlos de Borbón acaba de cumplir 72.
Felipe de Borbón ya no es el jugador del filial que sueña con alcanzar la plantilla del primer equipo. Ahora experimenta la tortura del portero suplente, que suspira por un puesto único y ocupado a perpetuidad. En estas condiciones, la espera equivale a un descarte. La sucesión póstuma al trono era razonable cuando el hombre estaba sometido a la naturaleza. Con la actual esperanza de vida, el reemplazo debería ponderar otras variables. De lo contrario, el Reino Unido muestra que la monarquía por excelencia pasa a serlo por excedencia. Carlos de Inglaterra ya parece el hermano mayor de Isabel II. Se ha pasado las cuatro quintas partes de su existencia de meritorio, pendiente de un traspié materno.
Absortos en la continuidad cada vez más comprometida de Zapatero, los analistas olvidan que Felipe de Borbón tiene una edad. Comparte protagonismo con su padre en pascuas militares y reuniones del Estado federal con los presidentes autonómicos. Hace dos décadas, estas comparecencias a dúo transparentaban una iniciación ejemplar en las responsabilidades de la corona. En cambio, la tutela de una persona de 42 años se contagia de un toque paternalista, porque el Príncipe no es el adjunto del Rey, sino un igual que sólo ha retrasado su materialización por falta de vacantes.
La monarquía es el menos malo de los sistemas de sucesión genética, pero el heredero en algún momento habría de preferir el veredicto de una votación, en lugar de refugiarse tras una garantía al cien por cien que nunca acaba de refrendarse. El drama del alargamiento de la edad laboral, para trabajadores que soñaban con retirarse, oculta la tragedia de quienes sueñan con sustituir a los jubilados, y ahora trajinan con la desilusión de una prolongación de sus predecesores en el cargo. Los príncipes no deberían envejecer. Visto que esa ley no se cumple a rajatabla, hay que improvisar un remedio, y el único conocido es su cambio de condición.

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