El mar está ahí. Se toca con la mano. Estiras un poco el cuello y descubres el último barco cruzando allá en el fondo la raya de la luna. Al mar se llega por cualquier sitio. Hay itinerarios a destajo. Despliegas el mapa de la ciudad y con el dedo dibujas no sé cuántos cientos de maneras para alcanzar la playa. No hay un acantilado insalvable entre un extremo y otro de la trama urbana y los chillidos inmisericordes de las gaviotas. Todo es una misma trama, un mismo silbido de respiraciones humanas y latidos pausados, sin alteraciones, de la historia. La vida no es llegar antes ni más recto sino llegar con los ojos tranquilos y el corazón en calma. Entre la isla que avistaba el poeta y el puerto donde arriban los marinos después de un largo viaje no hay más que tiempo. Y no hay vida sin el tiempo que alarga su duración, que hace más esperanzados los abrazos, que nos dice con voz nada gangosa que los sitios existen de verdad porque los hicieron fuertes las gentes que a lo largo de muchos siglos los fueron levantando sobre las huellas grabadas en carne viva de sus antepasados. Los sitios duran siempre si alguien los ama con locura. Y se acaban cuando algún descerebrado les mete una bomba y los convierte en ruinas, en un estercolero donde se amontonan las ratas venenosas, en una vergüenza.
Desde hace años, la alcaldesa de Valencia no para de poner bombas en el Cabanyal, a un paso del mar, en el barrio donde se mezclan sabiamente el ritmo apacible de la historia y las costumbres amparadas en una tradición felizmente inabarcable por los bulldozer de la rabia. Lo primero que hizo Rita Barberá fue inyectar la miseria en las calles y las casas de los poblados marítimos. Hizo lo imposible por degradar el barrio, montó una empresa medio pública y medio privada para gestionar el desamparo urbano donde la vida se convirtió en una mierda de campeonato. Como en las películas de gángsters, grupos de mafiosos se dedicaban a llenar las casas abandonadas con gentes excluidas socialmente que eran como extraños alienígenas habitando galaxias putrefactas. Era la excusa para que esa misma señorona, amante del lujo y de las políticas despóticas, nos viniera con la cantinela de que el Cabanyal necesitaba un apaño y de que ese apaño consistía en que las excavadoras abrieran un camino nuevo para que la ciudad pudiera llegar directamente al mar. Sabe ella que al mar se llega desde cualquier parte, que no hace falta destruir el barrio para abrir ningún camino nuevo hasta la playa, que si despliegas el mapa de la ciudad dibujas con el dedo un millón de itinerarios para alcanzar tranquilamente la línea del horizonte.
Ella sabe eso y más cosas pero también sabe que la política se bastardea con las amistades peligrosas, que sus amigos de la burbuja inmobiliaria estrujan ávidamente la teta cómplice, amoratada ya de tanto chupeteo, de sus amigos gobernantes. El negocio es el negocio y no admite más reglas que su rentabilidad en números de banca. Por eso los del PP, con un Camps sonado y su Consell a la cabeza, han decidido romper en mil pedazos la singularidad patrimonial de un barrio que sin lugar a dudas es uno de los más hermosos de la ciudad de Valencia y parte del extranjero. A ellos les da igual esa belleza. Quieren construir una ciudad garrula culturalmente, anclada en la blancura inútil y carísima de Calatrava, en el humo a ratos hitleriano de los tubos de escape por los aledaños del puerto en los días de Fórmula 1, en el rifirrafe entre millonarios con barcos de película a los que les importa un pito cualquier manera urbana de llegar a los amarres.
Que no sigan incordiando pues con chulerías y amenazas de ninguna clase, ni sigan hablando en nombre de nadie cuando se refieren a su amor por el Cabanyal, ni mientan a dos por tres como en una vil estrategia de tahúres. Que digan claramente que destruyen el Cabanyal porque el único amor que tienen en su vida es el dinero. Sólo el dinero. Sólo.