Como Harry Hole, el inspector de las novelas negras y un poco frescas –es noruego—de Jo Nesbo, hay cosas contra las que uno está no por principios, sino por instinto. La diferencia es importante: cuando uno está en contra de algo por principios, puede argumentar, es decir, deducir, buscando con orden y coherencia unas conclusiones. Incluso, llegado el caso, puede seguir la sugerencia de Groucho Marx: «Estos son mis principios, pero, si no le gustan, tengo otros». El problema con los instintos es que el rechazo no se funda en lo que piensas, sino en lo que sientes y, además, no tienes otros.
Uno, por ejemplo, respeta a quienes defienden la prolongación de Blasco Ibañez porque creen que es lo mejor para el barrio y la ciudad, aunque sea una opción que rechaza por principios: creo que la rehabilitación del Cabanyal es una opción mejor, más justa, ajustada a derecho, más necesaria y más fuerte argumentativamente, preferible. Ahora bien, uno está contra las declaraciones de Alfonso Grau y Rafael Blasco por instinto. «Esa minoría –dice Grau-, pese a contar con una financiación sospechosa (¿el oro de Moscú?), sólo ha conseguido sacar a la calle unos pocos millares de personas (¡mira quien cuenta!), muchas de ellas de fuera de la ciudad (¡por las pintas!) y muy pocos vecinos del Cabanyal.No tienen nada que ver (¡mira por dónde!) con el Cabanyal». Y lo dice como si «ellos» fueran del Cabanyal de toda la vida; como si tuvieran algo que ver; como si hubiera que ser negro o de Elx para criticar el racismo o defender el palmeral; como si los derechos de «unos pocos millares» fueran alienables; como si 30.000 personas no fueran, en el caso que nos ocupa y en el contexto estadístico del total de los interesados, un número significativo. Amigo-enemigo: no son «nosotros», vienen de fuera, son extranjeros, son taimados y, por tanto, sospechosos; es decir, no pueden tener razón, luego nosotros no podemos estar equivocados.
¿Qué decir de las psicoanalizables declaraciones de Blasco? ¿Cómo rebatir desde los principios eso tan patriótico de que «esta es la mayor agresión que hemos sufrido los valencianos desde que Felipe V nos abolió Els Furs»? ¿Cómo reprimir el instinto de rechazo y la carcajada cuando alguien afirma que «los valencianos somos españoles y Zapatero es antivalenciano» sin pedir perdón porque, ¡huy!, se le escapó?