En términos reales, nada es peor hoy en España ni en su economía que hace un mes. Tenemos las mismas carencias, rigideces y faltas de competitividad, pero también las mismas fortalezas y reservas que hace treinta días. Sin embargo, ha bastado un gesto, el pulgar hacia abajo, de los ejecutivos de los «hedges funds» (fondos de alto riego) multinacionales para que las sospechas y desconfianzas hacia este país se hayan desbocado en apenas un par de días. La Bolsa española sufrió el ataque (igual que vino se irá) y los especuladores internacionales obtuvieron su objetivo, forrarse, aunque por el camino ha quedado expuesta al frío de la desconfianza internacional la imagen de todo el país. ¿Como Grecia o como Irlanda y Portugal? No, peor: España era hace un par de años candidata a la división de honor, quería ser del G8, nivelarse con Francia después de superar a Italia... Pero estalló la burbuja inmobiliaria y se detuvo la locomotora de nuestra economía, la construcción. Llegaron el paro, la recesión... y el déficit, cercano al 12 por ciento. Ahora que estamos arruinados, tenemos que gastar mucho más de lo que ingresamos para mantener el gasto social (parados, pensionistas...). Una desdicha. Nos hallamos lejos de ello, pero sólo hablar del pinchazo del llamado 'riesgo España' resulta letal para nuestra imagen exterior. Y hay quien no para de hacerlo, especialmente la prensa sajona. Pero no perdamos los nervios. El secretario de Estado de Economía, José Manuel Campa, lo acaba de decir bien claro: «No existe ningún riesgo de insolvencia, la deuda pública española está entre las más bajas de la eurozona, el coste de la financiación sigue en mínimos históricos pese a la reciente subida, incluso se ha puesto en marcha un paquete de medidas para apuntalar la salud financiera a medio y largo plazo. Lo más duro de la crisis ha pasado y estamos en el proceso de estabilización para iniciar la recuperación. Ahí están las reformas para asegurar que España cumple los factores objetivos para ayudar a que las cosas se calmen. Pero los mercados se mueven también por factores subjetivos y es muy difícil luchar contra ellos». Es cierto, la deuda del Reino de España apenas supera el 52% con respecto al PIB, el nivel más bajo de la Unión Europea. Y el coste de la financiación es un 1% más caro que el de Alemania cuando hace muy poco era de un 7%. Pero ya sabemos que todo aquello que es susceptible de empeorar, irremisiblemente lo hará. Son los factores subjetivos...
La fatalidad de la historia. La única salida, economistas y analistas están de acuerdo, es que el Gobierno no aplace ni un día más las reformas que necesita el sistema. La presión para ejecutar la reforma laboral es insoportable, lo cual, está claro, significa abaratar sustancialmente el despido y reducir las cuotas a la Seguridad Social para que los empresarios puedan empezar a contratar y reducir el paro, prioridad número uno para remontar el vuelo. Debe ser cuestión de la fatalidad de la historia: de nuevo serán los trabajadores asalariados y los pequeños empresarios quienes saquen las castañas del fuego a todos. ¿Será suficiente? Sobre sus espaldas cargará la responsabilidad de afrontar la crisis mientras el Santander obtiene un billón y medio de las antiguas pesetas en beneficios y el presidente del BBVA se embolsa una pensión de 87 millones de euros como regalo de jubilación (así cualquiera retrasa su edad de jubilación). No son anécdotas: reflejan los desequilibrios del país. Al mismo tiempo, cientos de miles de pequeños empresarios se están asfixiando por falta de crédito y destruyendo empleo. Le llaman el 'ajuste' necesario. Vale, toca resignarse y apechugar. Pero al menos podrá exigirse que algo cambie también para el resto. Que se efectúen las regulaciones financieras de las que se habló en un primer momento y que han pasado al olvido. Que sean reemplazados los dirigentes cuyos errores condujeron al caos. Que algo cambie, no sólo las condiciones de despido de los trabajadores. Que uno recuerde, no hay ningún otro gesto del Gobierno, de la banca o de la gran empresa para ayudar a solucionar la crisis española: todo pasa por la reforma laboral.
La respuesta no está en el viento. Más grave aún que la crisis económica es la falta de una respuesta adecuada frente a ella por parte de nuestra clase dirigente, la política y la económica. Ni PSOE ni PP han sido capaces de proponer a la sociedad un sólo proyecto global contra la crisis económica. Ni uno. El Gobierno sigue aliñando su ensalada (mental) de brotes verdes con inútiles parches, pero ni siquiera remata. Sigue sin reestructurar el sistema financiero y sin reformar el mercado laboral, el fiscal ni la Administración pública. El sistema judicial patina, el sanitario derrapa y sólo en la Educación cabe una leve esperanza si los partidos son capaces de definir su futuro. Continuamos atragantados con millones de viviendas sin vender, una industria gripada y un sector servicios desconcertado. Mala cosa. Lo malo es que esa decepción llamada ZP no muestra indicios de coger el toro por los cuernos y ejecutar de forma implacable las reformas que necesita el país, aunque el país se pueda doler de ello. En la otra orilla el panorama es tan desolador o más. Se supone que ellos, Rajoy y los suyos, son la alternativa que nos debiera librar de las garras de la crisis si ZP no lo consigue, pero en aquel patio de Monipodio sin siquiera tienen el valor de confesar cara a cara a los ciudadanos cuáles son sus planes —si es que los tienen— cuando alcancen el gobierno. No proponen una sola idea que no salga del baúl de los tópicos, zancadillean como pueden cualquier iniciativa gubernamental y en las comunidades donde gobiernan, como ésta, su espejo, no lo pueden hacer peor. En cuanto a los grandes empresarios y lideres económicos, qué quieren que les diga: el patrono de patronos Díaz Ferrán ofrece un perfil como empresario bastante discutible mientras insiste en mantenerse como representante del empresariado español (lo malo es que sus colegas lo toleran). De los banqueros ya hemos hablado y en cuanto a las cajas de ahorro, la otra mitad del sistema, sus dirigentes pasan de sanearse para no perder su estatus. El Banco de España mira para Antequera, los monopolios y asimilados campan a sus anchas y los presidentes de instituciones y organismos públicos y privados siguen encantados de haberse conocido (impresentable en estos tiempos la kilométrica fila de audis-negros-con-chofer del otro día en el entorno de la Lonja durante la entrega de los premios Jaime I). En este contexto es duro pedir a los asalariados que sean los primeros en inmolarse, ¿no les parece?
En tiempos difíciles son necesarias mucha decisión y respuestas difíciles. Si los políticos que nos gobiernan y viven de nuestro esfuerzo fiscal no son capaces de reaccionar y actuar a la altura de las circunstancias (hasta ahora no lo están haciendo), poniendo orden en esta gran casa, será el fin y la hora de buscarse la vida, arriar las lanchas salvavidas y saltar por la borda. Sálvese quien pueda.
(Y en cuanto a la prensa sajona, al servicio de quién sabe qué intereses y que tanto disfruta metiendo el dedo en la llaga de la crisis española como en los peores tiempos de la leyenda negra, más valdría que volvieran la vista hacia su patio interior, que contiene suficiente basura como para andar entreteniéndose con la de otros).