Señala con acierto José Miguel Viñas, en su reciente y brillante ensayo «Introducción a la Meteorología» que el gélido febrero del 56 fue, por magnitud, el episodio invernal más destacado vivido en España desde que se miden temperaturas regularmente en los observatorios. Se cumple ahora aniversario —cincuenta y cuatro años— de aquella invasión de aire sahariano que tanto daño originó en la agricultura española. Y además en unos años de enorme dificultad económica. En el litoral mediterráneo el frío arrasó cosechas sin piedad. Las hortalizas, los almendros y los cítricos, más sensibles, fueron los primeros en notar los efectos del aire siberiano; pero también se llevó por delante muchas hectáreas de olivar, algo más resistente al frío, que no aguantó la duración tan prolongada —casi quince días— de las bajísimas temperaturas. Desde Girona a Málaga —Islas Baleares, incluidas— las mínimas bajaron de -3 ºC, de -5 ºC, de -7 ºC en las capitales de provincia. Y fueron mucho más bajas en las comarcas interiores. Y en el lago —estany— Gento, en el Pirineo de Lleida, el termómetro marcó la friolera de -32 ºC. Esto es, como en Siberia, pero aquí.
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1912 Inundaciones del Guadalquivir.
2003 Crecida extaordinaria del Ebro en Zaragoza, con una punta de caudal de 2.832 m3/s.
Los pararrayos convencionales están basados en el llamado «efecto punta». Sobre cualquier objeto puntiagudo hay una tendencia natural a acumularse cargas eléctricas, ionizándose
el aire que rodea dicha punta.
Dicho popular
Sol de febrero,
raro que dure el día entero.