El capitalismo es muy caprichoso y por eso se nos hace difícil entenderlo. Hay miles de autónomos que creen firmemente en él, sólo escuchan a quienes lo encarecen, cumplen todos sus mandamientos y no salen del taxi, del taller y de ir tirando. En cambio hay otros como los Kirchner —otro matrimonio que intenta liderar un país siendo una pareja tan sólida que a los votantes les da igual el marido que la mujer— que no hacen más que poner a parir el capitalismo y cuanto más lo vilipendian, más se forran. El capitalismo, en venganza, cuanto más les beneficia, más les perjudica.
—El capitalismo es una mierda: compramos un territorio y hoy vale ocho veces más.
—No hay derecho, qué sistema tan injusto.
A lo mejor los cardenales que más blasfeman entre los mármoles vaticanos llegan a papas y, una vez muertos, a santos súbitos, pero no es lo que nos cuentan. El Dios del Antiguo Testamento era caprichoso como el capitalismo —mira la de faenas que le hizo a Job que creía más en Dios que en la riqueza— pero luego se moderó y ya no es así. Ya sólo el capitalismo es un dios caprichoso.
El magnífico escritor Mario Vargas Llosa, que es un apóstol del mercado y no suele criticar a los ricos, ha puesto a caldo a los Kirchner. Los ha atacado por hablar contra el capitalismo y forrarse, señalando las dos cosas, no como si comieran y callaran. En todo caso, el propio artículo acentúa esa contradicción que anima las vidas de los Kirchner y aumenta sus bienes mientras ellos están a otra cosa, a gobernar un país y a comprar un par de millones de dólares de vez en cuando, con el único afán de perder dinero. Y si no les sucede como prevén es, ya se ha dicho, por lo caprichoso que es el capitalismo.