La última sacudida en uno de nuestros municipios ha sido la ocurrida en Villena. Nada más desgajarse el grupo municipal del pepé, el eterno rival saltó para decir que no barrunta presentar moción de censura alguna. El de Benidorm también juró que no pensaba aprovecharse de la situación, y no sólo lo hizo, sino que a día de hoy está orgullosísimo de haberse conocido y de ver cómo los de enfrente sangran por una herida similar a la que el marujazo provocó en ellos. La estructura organizativa en la que se asientan las formaciones ha quedado al descubierto con cada suceso acaecido. Y los diferentes dirigentes que por ellas pululan, también. En Villena, el cisma entre los de Ripoll y los de Camps se veía que no podía traer nada bueno. Con la canción del verano de Benidorm, Alarte se aferró al purismo frente al resto y quedó como un turista entre su cuadrilla. Si a ello se añade que la convicción de la tropa en el pacto antitransfuguismo es mucho mayor que la que los mercados nos profesan en estos instantes, es de cajón que seguiremos con movidas. Si será así que, ante el alto riesgo de seísmos, el conseller de Gobernación, Serafín Castellano, acaba de urgir a actualizar los protocolos de emergencia. Intuía que nuestras autoridades estaban deseando asociar los múltiples casos padecidos, más que a las catástrofes, a fenómenos naturales. Según las prospecciones existentes al respecto, hay 58 municipios con probabilidades de verse afectados, por lo que se han propuesto convenios de colaboración para los que se vean imposibilitados de afrontar estos protocolos de seguridad en solitario. El propio conseller ha querido quitarle dramatismo al asunto y ha dicho que el mayor terremoto de la historia fue el de 1829 en Torrevieja. Fíjense que yo creía que Hernández Mateo llevaba menos tiempo.