Como el futuro es muy oscuro, consultamos los oráculos. Mi sibila se llama Adela Ferrer, la estrellera de Levante-EMV, que me cosquillea el ánimo, qué más puedo pedir. Lo digo porque el defecto que con más insistencia se subraya en Zapatero, quizás con motivos, es que improvisa y tiene ocurrencias, lo cual puede ser un mérito: no sabemos si el próximo polvorín etarra cambiará la hermosa y amurallada ciudad portuguesa de Óbidos por un almacén temporal centralizado en isla Mauricio o en la República Checa, es un decir. Tampoco sabemos dónde será secuestrado el próximo activista de organización humanitaria ni en qué cuneta estallará el siguiente paquete remitido por los talibanes.
En fin, que no sabemos nada. Ese problema no lo tiene Nuestro Amado Líder, a quien le ha echado las cartas del tarot uno de los suyos, un concejal alcoyano de nombre Mario Pons, que ha señalado su vencimiento en sesenta días, mismamente como la letra del lavaplatos. Claro, que si te salen en una tirada el diablo y la torre hendida por el rayo, ya sólo te queda el amparo de la Virgen, que incluso se le apareció al escritor Fernando Arrabal, según cuenta. Que te maten tiene sus inconvenientes pero descansas mucho, es lo que tiene.
Las sociedades son como los clubes de fútbol. Aunque los entrenadores ni meten ni encajan goles, aparecen como responsables de las victorias orgiásticas y de las tristes sequías. Incluso en Barcelona —donde el semen es de peor calidad que en La Coruña, según estudios de la máxima solvencia— ha aumentado la natalidad tras los últimos éxitos de Guardiola, aunque me parece que no ha tenido intervención directa en la euforia reproductiva. Nuestras huchas están tan vacías como hace unos años, de hecho, un poco menos vacías, pero echamos en falta las solicitaciones del dinero, esa complicidad incondicional que el dinero exige para reproducirse más, más rápidamente. El dinero siempre fornica por vicio, hummm, por eso Adolfo Domínguez quiere despedir a las modistillas: en seguida se sienten mantenidas.
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