Nunca había tenido muy claro en qué consistía esta profesión, hasta que empezaron a proliferar los artículos que decretaban la muerte de los periódicos. Comprendí entonces que periodismo es lo contrario de las elegías de sus enterradores, extraídos a menudo de los profesionales mejor pagados del gremio. No pararán hasta que no firmen la columna «Este periódico no debería haber salido a la calle». Cuando algún amigo se lamenta de que no le publican una colaboración imprescindible para la convivencia ciudadana, le recomiendo que escriba un texto diagnosticando la extinción de la prensa. La acogida será inmediata, pero el género necroperiodístico está tan concurrido que sus practicantes han de anticipar la desaparición del papel escrito para mañana mismo.
De continuar el bombardeo, para seguir creyendo en la prensa habrá que dejar de leerla. Los agoreros bienhechores han descubierto con cierto retraso que el periódico muere cada día, con su voluntad de imperfección a cuestas y la determinación camusiana de que la enfermedad conlleva una convalescencia. Los enterradores prematuros coinciden con los poderosos en que si la prensa no existiera, no haría falta prohibirla o censurarla según los casos.
Por supuesto, todo está en internet pero, al examinarla con cierta detención, observamos que la omnipotente se limita a repercutir infinitamente los frutos de la cosecha de periódicos, sin más aportación que el ruido. Por tanto, la prensa recibe ataques de quienes viven de ella y de quienes no sobrevivirán sin ella, aunque la red ha sido magistral en inventar lo que ya existía. Por desgracia, nos falta espacio para describir un negocio que ahuyenta a su clientela en vez de mimarla. Tampoco nos extenderemos en la comunión laica con miles de lectores, para no incurrir en la grandilocuencia de los sepultureros. Desde la liviandad que la experiencia humana acredita, se trata de preservar lo que mi maestra Fraçoise Giroud denominaba «el rumor del mundo». Ahí radica el papel de los periódicos de papel.