Ahora lo veo claro: con el trimarán del Oracle y esa vela rígida que lo conecta con las catenarias del cielo, los yanquis se trajeron a la Navy, al complejo militar-industrial, a Von Braun, a la Sexta Flota. Disculpen que haya tardado tanto en darme cuenta: yo soy diésel. Puede que la Copa de las Cien Guineas no sea una división de choque —«¿Cuántas divisiones tiene el Papa», preguntaba el burro de Stalin—, pero está el prestigio, el poder blando, las energías alternativas (Eolo, que parecía un poco mariquita, me arrancó media persiana el otro día) y la sonrisa innumerable de Zapatero, digo de Homer Simpson, digo del mar.
También se me aparecen con toda claridad los motivos del entusiasmo velero de nuestra munícipe por antonomasia. Aunque hablase del prestigio de Valencia y de nuestra proyección planetaria o incluso interplanetaria, esta mujer, más enamorada de los palacios y la realeza que Rafa Ventura, lo que deseaba en realidad era emparentar con la nobleza bostoniana, pretensión para la que Mia Farrow (y Rafa) tienen, sin ánimo de comparar ni mucho menos de ofender, mejor osamenta.
Mi amigo Tonino, que hace tele con el Imanol y el Echanove, ha mejorado su semblanza de la Doña que sale ahora tratando de prolongar Blasco Ibáñez hasta Ibiza. Por mí que no se prive y que lo prolongue por el otro lado hasta Valladolid, pero no hasta Les Palmeres, eso es término de Sueca donde, que yo sepa, no les echan nada en el agua. Así que los boys han reeditado el desembarco de Patton en Sicilia, eso les pone, y han pasado por la quilla a los suizos, que dan un poco en alemanes. Aquí, hemos agasajado a los marinos como hicimos desde el principio: sin reparar en gastos. Se dijo –y luego desapareció misteriosamente de las noticias– que el festival de Arctic Monkeys costó otro millón de euros. Arctic Monkeys, otro conjunto que desaparecerá como mosquitos aplastados contra el parabrisas del consumo veloz, tiene una parroquia devota y numerosa, cada cual podía haberse pagado su entrada, pero ¿serà per diners?