Supongo que a estas alturas ya es muy tarde para acercarme a la (llamada) secta Amish, pero no lo es para dedicarles un respeto. La gente acude a sus poblados en Pennsylvania para hacerles fotos en sus carruajes tirados por caballos, como si fueran un fósil, pero hay fósiles de los que hay todavía mucho que aprender. Los Amish hacen su vida al margen de nuestra civilización energética, pues desconfían del curso del mundo. Quizás en el fondo desconfíen de la velocidad forzada por las máquinas, que arruina el tempo de la naturaleza. Tal vez ya no haya vuelta atrás, y a la velocidad natural no sea posible sostener a 6.000 millones de individuos, pero cabe que cada uno abra un espacio Amish en su espíritu, en el que mande el tempo natural. La construcción individual de ese refugio antiatómico de atmósfera Amish debería ser promovida dentro de la educación para la ciudadanía.