Ensalada parque central

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Cruz Sierra

No estoy proponiendo la creación de una nueva receta de ensalada como la inventada en 1931 por el maître Oscar Tschirky para promocionar su hotel, el Waldorf de Nueva York, aunque no estaría mal una mayor inventiva e identificación de los artistas gastronómicos con una promoción de lo valenciano. Lo de la ensalada viene a cuento de los 36 proyectos presentados hace un mes para la adjudicación del concurso de construcción del Parque Central, una obra que enterrará definitivamente la enorme playa de vías que ancla la ciudad al urbanismo de principios del siglo XX.
Así que mientras la economía ciudadana sigue desfalleciendo y sus señorías continúan en las Corts lanzándose requiebros en horas de trabajo, 36 grupos de empresas, reunidas en UTE multirraciales integradas por ingenieros, consultores, constructores, paisajistas, arquitectos estrella locales, nacionales e internacionales, se disponen a competir por el contrato del año de Valencia.
La actuación sobre el Parque Central es un colosal proyecto urbanístico que transformará nuestra forma de estar como habitantes en esta castigada urbe, como hizo el jardín del Turia en el último cuarto del siglo pasado. El presupuesto asciende a 73 millones de euros, por debajo de otras inversiones más elevadas, como los casi 100 millones —16.000 millones de las antiguas pesetas— invertidos en un árido circuito urbano de Fórmula 1 que es usado un único fin de semana al año (del sentido común de nuestros gobernantes, líbranos, señor).
Y aunque no aburriremos a nadie enumerando las 36 ensoñaciones urbanas, sí al menos entresacaremos algunas de ellas que, en opinión de expertos en este tipo de concursos, tienen posibilidades de ganar o de al menos ser seleccionadas dentro del grupo de las cinco finalistas que recibirán 50.000 euros de compensación y 3 millones la ganadora para la redacción del proyecto. Comenzando por un brillante arquitecto local que detesta ser calificado de cámara pero que ha tenido la fortuna de haber recibido diversos encargos municipales. Se trata de José María Tomás y su Áreas Ingeniería y Arquitectura (TJMª), quien para presentar el proyecto del Parque Central se ha aliado en UTE con la firma internacional Rogers Stirk Harbour&Partners. La mera presencia de Tomás en una UTE ya le garantiza a ésta una buena posición de salida. Así que ya tendríamos un primer colocado.
Le sigue una de las favoritas de Rita Barberá, quien en alguna ocasión ha mostrado su admiración por la arquitecta iraní Zaha Hadid. La iraní se ha aliado para esta ocasión con la firma vasca IDOM, gran contratista de Adif, pero será el ayuntamiento quien tenga la última palabra. El caso es que muchas de las propuestas están encabezadas por un arquitecto de renombre cuando en realidad la idea municipal consiste en hacer más un paisaje urbano que una arquitectura. Es el caso, además de los dos citados, de José Moneo, que deposita exclusivamente en su indudable talento arquitectónico sus opciones para ganar. O del prestigioso Norman Foster, que desde que hiciera el Palacio de Congresos en Valencia mantiene fuertes vínculos con la Administración local. Foster, todo un lince, acude aliado con la madrileña Typsa, precisamente la misma que hizo para la Generalitat y el ayuntamiento las infraestructuras de la America´s Cup y del circuito de F- 1. Todos ellos también podrían estar en el grupo de finalistas.
Existe igualmente una atractiva opción que ha llamado la atención de los expertos. Se trata de la UTE entre la valenciana Grupotec, el estudio Borgos Pieper —trabajó con Foster en el Palacio de Congresos—; el estudio de arquitectura valenciano Nova Ingeniería —ya colaboró en la rehabilitación del mercado de Colón— y la firma británica Gustafson Porter, que lidera el grupo. Kathrin Gustafson es una de las paisajistas más galardonadas internacionalmente en su especialidad y que mejor se podría ajustar a la filosofía del proyecto. Esta mujer, junto con Zaha Hadid, son presentadas a priori como candidatas al pulso final por la adjudicación, sin desmerecer los méritos del resto de proyectos. Y mientras llega el momento de conocer el ganador, no sería malo que alguno de los magos locales de la cocina se decidiera a diseñar un plato, o una ensalada —aunque fuera con arroz—, en honor del futuro corazón de Valencia, su Parque Central...

Un modelo agotado. Rita Barberá acaba de anunciar su candidatura para la reelección. Si gana —y nada indica por ahora que no lo vaya a hacer por mucho que el PSPV siga experimentando, 19 años después, modelos de oposición—, serán 24 años los que haya dirigido el devenir de esta gran ciudad. Barberá ha demostrado ser un animal político como la copa de un pino —cualquiera con dos dedos de frente lo reconoce— y sobradamente capacitada para obtener el poder y perpetuarse indefinidamente en él. Pero su tiempo y su modelo están agotados. Superado el minuto de gloria de la burbuja inmobiliaria y aun con decorados de lujo como el de la Ciudad de las Artes y la Ópera y eventos como la America´s Cup y la F-1, la ciudad apenas ha ganado cierto reconocimiento por su actualización de la estructura urbana siguiendo las líneas de un plan general heredado y por algún que otro contenedor arquitectónico, y poco más. Ni se ha relacionado ni equiparado con las grandes urbes ricas, cultas y vanguardistas del mundo (dicen que cada vez que un empresario de AVE viaja a Madrid o Barcelona hace más por Valencia en aquella ciudad que Rita en todo su mandato), ni ha modelado una nueva percepción de la ciudad más allá de los cuatro típicos tópicos y alguno más de nueva factura.
El que podría haber sido gran proyecto de la era Barberá, la recuperación de la fachada marítima, continúa paralizado con el diseño ganador guardado en un cajón, las naves de la Copa del América vacías y sin destino, la cintura portuaria rota por el circuito de F1, y el Cabanyal atascado gracias a un estilo anticuado de intervención que ha convertido su rehabilitación en nuevo elemento de conflicto ciudadano. Incluso los que están de acuerdo con la gestión de Barberá hasta ahora deben reconocer que para esta ciudad ha llegado el momento del cambio de actitudes políticas y sociales, de concepción metropolitana, de filosofía ciudadana... hasta de lenguaje.
Es la hora de volver a crecer para salir del aprieto, de renovarse para recuperar una contemporaneidad que vamos perdiendo cada legislatura que transcurre. El binomio Barberá-Grau podrá ganar las elecciones, pero es difícil que ofrezca a Valencia el aire fresco que ésta necesita ahora, por mucho que el AVE de Blanquiño nos acerque a los madriles.

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