Los hermanos Castro ya tienen otro muerto en la conciencia. No es que les preocupe gran cosa, pero es otro muerto y pesa como tal: se llama Orlando Zapata, un nombre tan alto y sonoro que yo, en su lugar, temería a un espíritu tan levantado. Los Castro ya han enterrado más gente de verdad que personajes de mentira los Coen, otro tándem fecundo. Fidel y Raúl Castro son dos pruebas vivas de nuestra naturaleza contingente (aunque ellos van por la vida de necesarios): trataron de impedir que Cuba siguiera siendo el burdel de Estados Unidos y han logrado que sea el prostíbulo del mundo entero, nadie escapa a la globalización. Zapatero, que estaba en Ginebra, se puso a defender la abstracta santidad de la vida sin reparar en ese negrito cubano, concreto y casi tocayo que se le moría: hombre, hay que fijarse.
Claro que si vamos a eso, Estados Unidos está muy preocupado por la tiranía cubana –más por ineficiente que por tiranía– y en cambio se le ve tan a gusto con los jerarcas chinos, esos que te pegan un tiro y encima te cobran la bala (a eso le llamo yo escarnio). Obama, tras entrevistarse con el Dalai Lama, se apresuró a aclarar (para conocimiento de los chinos) que el dirigente de la túnica azafranada no había sido recibido en el despacho oval donde sólo entran, además de las becarias de boca golosa, hummm, asesinos en serie de probada seriedad: la gente que sonríe sin parar y hasta se carcajea como el Dalai Lama, no se merece un sitio así.
Claro que para sutileza la de la Iglesia, católica por supuesto, que considera indignos de los sacramentos a todos los diputados que aprobaron la ley del aborto, pero no a Su Majestad el Rey que la sancionó. Yo creía que el pastel era todo pastel, desde el bizcocho a la guinda, pero ya ven que, hablando más desde la ontología que desde la repostería, no es lo mismo. También los obispos cubanos consideran a Orlando Zapata más responsable de su muerte que sus propios carceleros: porque se mató voluntariamente de hambre. O sea, en uso de la única libertad que le dejaron.
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