El otro día fui a la presentación de los vinos de mis amigos de la cooperativa de Titaguas, que son vinos que cuentan lo que nos pasa y hasta lo que anhelamos pues son ricos, ligeros y baratos, y luego me fui a ver I´ m not there, la peli biográfica de Bob Dylan. Antes pasé por un buen restaurante árabe donde no sirven vino aunque una de las cimas de la poesía musulmana sean las Canciones de taberna, las Rubayyat. Como el vino me lo había bebido antes –en comida, merienda y aperitivo–, pues no hacía falta más: hay que probarlo todo, incluso la abstinencia. La luna estaba llena y velada. No me gusta mucho la luna con rebozo, no sé lo que trama y quizás la señora tenga bigote, pero la luna fue la primera moderna: personalidades sucesivas, yo fragmentado, tiempo devorador contra presunción biográfica.
Dicen que los primeros hombres modernos fueron Borges –que estaba habitado por una multitud– y Fernando Pessoa, que mantenía un animado coloquio entre sus distintos avatares, uno de ellos un exquisito sodomita british. Una locura, cierto, pero no mayor que creerse, de por vida, albañil, fontanero o Cristiano Ronaldo (que tiene nombre de emperador bizantino). Además para antiguo ya tenemos a Federico Trillo, hombre de un pieza y probablemente anterior al lenguaje articulado, que llama sectario a Garzón cuando al ex ministro murciano se le morían los militares por docenas, incluso antes de entrar en combate.
A lo que iba. La película, una rayada porque nadie tan camaleónico como Robert Zimmerman. Deben gustarle los camaleones al director pues ya hizo una biografía de otro: David Bowie. Pero mi viejo Bob es único y por eso hicieron falta cinco o seis actores, perdí la cuenta, para encarnarlo, los más convincentes un muchachito negro y una chica flaca, Cate Blanchett, el Espíritu sopla donde quiere. Así que nosotros, ciudadanos más o menos honestos, que fuimos todos albañiles y campeones de la cocina tecnoemocional, habremos de inventarnos o reinventarnos como comedores de cuscús, taberneros o astronautas.