El dilema social

Cruz Sierra

 05:30  
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A medida que la economía española se va hundiendo en la crisis aunque el Banco de España y otros sesudos organismos aseguren estar viendo «luces», aumenta la urgencia de un cambio profundo en este país para remontar su exasperante depresión. Se trata, por lo visto, de pactar el sacrificio colectivo que sus habitantes, trabajadores, funcionarios (altos y bajos) y empresarios, banqueros, capitalistas y ahorradores de todo pelaje deben realizar para corregir pasados excesos y tapar agujeros. Por eso causa cierto estupor ese pasodoble a cámara lenta que emula la negociación entre Gobierno, partidos, empresarios y sindicatos. Este verano hará tres años del inicio del colapso económico y resulta asombrosa la parsimonia con la que se mueven los «negociantes», como si no tuvieran presente la importancia para la economía de devolver a los ciudadanos seguridad sobre el futuro. Luego sorprende que la prensa extranjera describa a la economía española como espejo de malos hábitos.Singuen sin verse señales reales de cambio por parte de quienes poseen las herramientas y argumentos para que el acuerdo sea posible. Empezando por la poderosa industria financiera, los grandes inversores, banqueros y cajeros. Ellos fueron los protagonistas de la zona cero de la crisis. Su ambición sin fronteras las condujo a adquirir tantos riesgos que ahora está siendo el dinero de los contribuyentes el que apuntale su solvencia como entidades financieras. Miles de millones de fondos públicos que en lugar de ser inyectados en el sistema para oxigenar las empresas y muscular la creación de empleo está siendo utilizado mediante subastas de dinero barato para reforzar los rating de unas entidades que siguen resistiéndose a su regulación (ni hablamos de su 'autorregulación'). Ni han exteriorizado señal alguna de austeridad a nivel interior (oje en las remuneraciones de los miembros de sus consejos de administración o el volumen de bonus recibidos por sus altos directivos), ni han alterado sus estrategias para contribuir al relanzamiento económico o, al menos, al saneamiento del sistema financiero. Y el espectáculo que están ofreciendo la mayorías de las cajas de ahorro es abochornante. Cuarenta consejos de administración con sus respectivos cuadros directivos altamente remunerados dispuestos a perpetuarse y hundirse con el barco antes que aceptar su reconversión y acometer las debidas fusiones con sus correspondientes ajustes de estructuras. No menos penosa es la actitud de los dirigentes empresariales, con un Díaz Ferrán obsesionado por tirar por la borda avances sociales cuando ni siquiera como empresario ha mostrado estar a la altura de las circunstancias. Existe acuerdo sobre mejorar el sistema eliminando ineficacias y privilegios en las relaciones laborales, pero no para hacer tabla rasa de las garantías de los trabajadores. Del mismo modo que los jerarcas sindicales tampoco parecen entender que algo debe cambiar cuanto antes en el monolítico entramado fiscal y laboral que atenaza la actividad de cientos de miles de pequeñas y medianas empresas, al fin y al cabo la primera línea en la batalla por la creación de empleo. Seguramente las cesiones sindicales suponen un paso atrás y sean del todo justas, pero hay que priorizar problemas. Y el actual es dar empleo a millones de parados. Si el sistema financiero, las grandes patronales y los sindicatos no son capaces de actualizar sus anquilosadas actitudes, mala solución tendrá la paupérrima situación de la economía española. Gobierno y autonomías tampoco están ayudando. No sólo es que hayan perdido un tiempo precioso en la asunción de que el territorio que gobiernan está hundido en recesión, es que ahora tampoco muestran gesto alguno de regeneración. El gasto público sigue fuerte, y también la deuda y el déficit, sin que medien políticas decididas de contención y sacrificio. Electoralismo ciego. Ni un ministerio, conselleria, concejalía, empresa pública o fundación... ni un sólo coche oficial o empleo público han sido suprimidos para reducir gasto desde que empezara la crisis. En cambio sí han recortado inversiones y transferencia al sector privado. El dilema social se presenta a la hora de definir el orden y prioridades de los esfuerzos para atajar el problema. ¿Debe ser primero la subida de impuestos para recargar las arcas públicas y que éstas puedan seguir financiando gasto social? ¿O tal vez deban los sindicatos aflojar sus reivindicaciones y los trabajadores renunciar a ciertas garantías a cambio de formación y protección social? (o sea, una reforma laboral que permita oxigenarse a las empresas). ¿Tal vez el sistema financiero debiera adelantarse dando muestras de rigor, transparencia y solidaridad con el resto de los agentes económicos? En fin, ¿deberían ser los mismos patronos, banqueros y gobernantes que nos condujeron a la depresión los mismos que nos saquen de ella o debiera plantearse antes de nada un cambio de pareja vía elecciones generales? Qué dilema. De momento no se han apreciado signos sinceros de responsabilidad y eficiencia negociadora entre las partes, salvo alguna que otro paño caliente expuesto tras los primeros encuentros. Realmente inquietante: QESNPC.

Bancaja al rescate. Parece el título de una película de acción. La caja ha salido de nuevo a ejecutar el enésimo ejercicio de salvamento de los negocios de la familia Ferrando (Gesfesa) y Quesada (Pavasal) con su entrada en el capital del centro comercial que ambas están construyendo junto al estadio del Levante asociadas a un tercer «salvado», Montoro, uno de los más grandes y subrepticios propietarios de suelo de Valencia. Hace un año, en mayo de 2009, Bancaja ya se había aliado con Gesfesa, Pavasal y Ferris Hill en una promotora de la que apenas ha habido noticias, salvo que Ferris Hill suspendió pagos el mes pasado (juzgado de lo Mercantil nº 8 de Madrid). Hasta Iberdrola Inmobiliaria podría tirar ahora de la manga de su gran aliada en Valencia para que le eche un cable con Aqua, no sea que se le atragante. El desfile de promotores por Pintor Sorolla es interminable. Claro que en la caja con tal de quitarse peso y parecer más sana y delgada... ¿No sería mejor que cada palo aguantase su vela y nos dejásemos de maquillajes y salvamentos inútiles? Si hay que ajustar, «ajustémonos todos», no sólo las pymes y los asalariados.


Periodista. cruzs@arrakis.es

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