La nevada que se abatió ayer sobre Cataluña ha desatado las críticas airadas, razonadas, de los usuarios del transporte público. La extraordinaria situación meteorológica entraba dentro de las predicciones y, sin embargo autobuses, trenes y tranvías no pudieron circular a causa de la nieve. Lo que el ayuntamiento de Barcelona consideraba «problemas de movilidad» ayer, en su página web, se correspondía más bien con un caos absoluto en el transporte colectivo. Si a estas alturas de invierno todavía queda alguien por convencer de la severidad de los temporales de nieve, éstos debían de ser los vecinos de la Ciudad Condal. Los dispositivos de emergencia se han quedado pequeños ante la copiosa nevada en todas las cotas y un temporal marítimo con olas más que respetables. Sería muy injusto dejar fuera de la ecuación a uno de los principales responsables: el uso masivo del vehículo privado en un área metropolitana en que los accesos se fueron colapsando a medida que se acercaba la hora punta. La nevada debería ser un buen pretexto para cambiar la política de movilidad y no sólo en las aglomeraciones urbanas.