Se dan asco. Como esos fotógrafos que nunca salen en la foto. Son capaces de sacarte tu mejor perfil incluso bostezando, estornudando o viendo una peli de Alex de la Iglesia. Se ven feos, no son ellos. Así se deben sentir nuestros políticos cuando ven sus retratos colgados en las desnudas paredes del MUVIM. Eso, o que están demasiado acostumbrados a verse pintados sólo por los pintores de su corte, escritos por sus redactores, adulados por sus presentadores o perdonados por sus confesores.
Censura es una palabra que sólo salen de sus bocas melladas cuando hablan de Chávez y su bloqueo a Radio Caracas Televisión. No lo es cuando censuran a TV3 y a sus repetidores. Censuran a Garzón por perseguirles en el Gürtel, pero no le tiembla el aliento al ochentero Gonzalez Pons cuando el maldito magistrado perseguía el GAL. ¿Cuál es la vara de medir? No es una vara, es un cetro dorado con un grabado en el que se puede leer con letra gótica: «meninfot».
En estas páginas se publicó una pequeña muestra de las persecuciones que han sufrido nuestros creadores a lo largo de esta interminable década. Xavi Castillo, los libretos del maestro Chapí o el Bus Ateo. Pero son más. Son diarias. Recuerdo las notas en rojo que sesgaban los guiones de Autoindefinits o Socarrats. En una ocasión llamaron la atención por un personaje con voz resacosa y con de traje de chaqueta roja… Yo mismo dejé de hacer un par de personajes y no sólo porque no me salían; eran un cura con frenillo y un policía patoso. Esa gente, cómo no nos dimos cuenta, son demasiado respetables como para ofenderlos en un programa casi irreverente.
La de Loca Academia de Policía nunca la entendieron los censores, demasiado profunda. Y es que se me olvida que cultura y política no es lo mismo. Qué cabeza la mía que le da por pensar y sin permiso. Como muestra, fábrica de botones. Botones que provocan en nuestros gobernantes un bailoteo sísmico que hace tambalear los pilares de su indecencia.
No hace mucho tuve una actuación de teatro. La encargada política en cuestión pidió a la compañía que no leyera el Manifest pel Teatre Valencià donde se pide la dimisión de nuestra también ochentera consellera de cultura. ¿Cuántos casos se conocen? ¿Cuántos «si no se ve, no está»? ¿Cuántos abusos «chavistas» nos han llovido? ¿Cuánta cultura amordazada con subvenciones que calla por seguir callando? Daría para una página diaria de cualquier periódico para dar cabida a tantas atrocidades mediáticas, enculadas a la inteligencia y zancadillas al sentido común. Lo del señor Ramón de la Calle es una naranja más que cae al terreno (utilizo el símil hortelano por hacer campaña). Mucho me temo que es un apellido, el del ejemplar Ramón, que vamos a heredar unos cuantos que pataleamos en esta ciénaga de luz y color, pero con una pequeña variación; Fulanito a la Calle. Presente.