El hecho de que los disturbios racistas más alarmantes se hayan producido en regiones políticamente rupestres como Almería (El Ejido y por ahí) o, por el contrario en comarcas catalanas (Vic, Salt y otros pueblos) con unas tradiciones políticas un poco holandesas (o suizas), demuestra que el odio racial es una garrapata que parasita toda clase de mamíferos. Y suizos eran los que votaron contra los minaretes musulmanes en clara confusión entre las dimensiones de la virilidad y las normas urbanísticas. Y en Holanda, en la democrática Holanda, florece una extrema derecha que ahora detesta a los árabes como hace setenta años proponía quemar a los judíos.
Me cuenta un amigo alcalde de un pueblo mediano que en su Corporación se ha colado un fascista, uno sólo, pero que en otros pueblos del entorno, las facciones pardas se han quedado, al acecho, en torno al tres o el cuatro por cien de los votos. Un empujoncito más y hasta parecerán respetables, como lo parecía el partido nazi después de acceder al Reichstag. Ahora, se alimentan, como los golpistas que conspiraban en las tabernas de Munich, del lumpen y la pequeña delincuencia, de la industria mafiosa de la protección y del oscuro trapicheo con pastillas y putas. Pero el poder del dinero y el dinero poderoso, siempre encuentran el modo de volverse blancos.
Los emigrantes sólo compiten con los indígenas menos favorecidos por los servicios asistenciales. Por eso es vital que no sufran recorte o desdoro alguno. He ahí un frente en el que hay que actuar con absoluta intransigencia. Durante muchos años, ni PSOE ni PP movieron un dedo por regular los flujos de entrada de inmigrantes. Y a decir verdad, a nadie le preocupaba gran cosa: ni al tendero, ni al panadero, ni al tipo del bar. Eran tan dóciles, currantes y baratos… los inmigrantes no deciden sobre los créditos, ni han escondido en el dinero bajo una playa del Caribe. Cuidado si alguien invoca la patria: es un sinvergüenza. Si Europa trata de darle la espalda a la realidad, le darán, otra vez, por retambufa.