Bien es verdad que Francisco Camps pronunció tan campanudas afirmaciones en el entorno de las fiestas de La Magdalena de Castelló, ante las reinas de las fiestas de los últimos años y con una cohorte de peso como los alcaldes de Alicante, Castelló y Valencia, pero suponían el último, aunque quizás el más llamativo y rotundo, de sus últimos mensajes eufóricos sobre la Comunitat Valenciana y su proyección económica. Estaba muy cerca su frase en Sao Paulo, que tampoco pasó desapercibida, de que la CV es «la parte más moderna, más de vanguardia, más dinámica y más feliz de la inmensa y hermosa nación que es España» y, ayer mismo, pudimos escucharle que «Alicante es un paradigma de crecimiento, empleo, prosperidad, bienestar, inversiones, equipamientos…». No vamos a cuestionar desde aquí, por supuesto, ninguna llamada animosa hacia el futuro, ningún empuje institucional hacia la esperanza y mucho menos si proviene de nuestra primera autoridad. Pero curiosamente sus palabras en Castelló sonaron muy parecidas a las que han sido reputadas de irreales desde el PP de Rodríguez Zapatero. El optimismo, y lo hemos dicho aquí en algunas ocasiones, es un buen viento para la economía y en esa dirección acierta el presidente, pero la euforia, que es lo que desprenden las últimas intervenciones de Camps, se nos antoja desmedida y, para muchos, hiriente. Olvidar la realidad depresiva de este momento deja esta estrategia en lo más parecido a una huida hacia adelante.