Si las imágenes con que nos quedamos los telespectadores del terremoto de Haití fueron sobre todo las de cuerpos aplastados bajo edificios en ruinas, las que guardamos de Chile no se refieren tanto a las víctimas -infinitamente menos que las de Haití, pese a la mayor intensidad del seismo-, si no al pillaje. Al día siguiente del terremoto, y en un estado de caos nacional, la población de Concepción se lanzó al asalto no solo de supermercados, sino de todo tipo de tiendas. En las imágenes que recorrieron el mundo pudimos ver a hombres y mujeres que desvalijaban casas de electrodomésticos y se llevaban bajo el brazo todo aparato que tenían a mano, ya fuese un video, un televisor o una consola de «PlayStation». Robaron lavavajillas, lavadoras, motocicletas y hasta el material de una clínica de ortodoncia.
Este hecho nos puede llevar a preguntarnos sobre si puede existir un juicio moral sobre el pillaje en momentos de catástrofes naturales o grandes desgracias, llámese tsunami, terremoto o incendio de grandes dimensiones, en el que se fundamenten las decisiones de cualquier gobernante que debe, una vez más, elegir y siempre con matices, entre el gran dilema de justicia versus orden.
Anatole France nos dijo que la ley, en su majestuosa igualdad, prohibe tanto a los ricos como a los pobres dormir bajo un puente, pedir por las calles o robar una sola barra de pan. Pero eso era el siglo XIX, ha llovido mucho desde entonces y hoy la cosa tiene muchos más matices. Ni que decir tiene que casi siempre que ha habido algun desatre natural o desgobierno, se han producido pillajes, no solo en el Tercer Mundo sino también en el centro más desarrollado.
Así, hubo saqueos tras el huracán «Katrina» en Nueva Orleans en 2005, en el apagón eléctrico de Nueva York en 1977, en los peores momentos de la hiperinflación en Argentina y, según me contaba mi abuela, también tras la riada en Valencia, por no mencionar el salvaje saqueo del Museo Nacional de Bagdad tras la invasión de 2003.
Si estrictu sensu, Anatole France tiene la razón legal, nos guste o no, la razón moral va por otro camino. Investigadores universitarios han podido distinguir hasta tres tipos de pillajes que reciben a su vez tres juicios morales de diferente escala. Si robar comida es aceptable para todos desde tiempos bíblicos, robar un televisor cae en un área gris porque siempre podemos argumentar que un ser hambriento puede vender su tele para dar de comer a sus hijos, aunque no quede siempre claro que este tipo de robos se produzca por tan altruista motivo y nos imaginemos acto seguido al susodicho abanicándose en su chabola mientras ve a la Esteban en un programa del corazón.
Una tercera categoría que entraría en el concepto hobbesiano de «guerra de todos contra todos» y que abarcaría los pillajes producidos en revueltas étnicas o conflictos de clase, es generalmente rechazada como moralmente condenable, aunque siempre están los listos de escuelas como la de la interpretación social (¿por qué no dicen política?) del derecho que argumentan que los pobres de cualquier país están legitimados a mostrar su enfado con la sociedad y deben ser perdonados cuando lo hacen en el transcurso de un acontecimiento crítico... Vamos, ¡que todo vale!..
La cosa es peliaguda y tiene matices. Una amiga del centro de investigación de catástrofes de la universidad de Delaware me recriminó el otro día el uso de la palabra pillaje y saqueo para describir casos como el asalto a supermercados y me razonaba que tampoco lo es cuando los bomberos se llevan el agua de mi piscina para apagar un incendio. Visto así, vale... pero ¿y si a la que asaltan es a una mujer que lleva una bolsa de comida a sus hijos famélicos?
Las situaciones de caos generan tanta casuística que la ley y los gobernantes son incapaces de distinguir tanta sutileza. Lo mejor es que ante una situación de caos, los mecanismos de reacción e intervención de las autoridades sean eficaces y rápidos para restablecer el orden, garantizar los servicios básicos y hacer todo esto compatible con las tareas de limpieza, rescate y reconstrucción iniciales. De ahí la importancia de tener actualizados y ensayados los planes de contingencias en todas nuestras ciudades, sean grandes o pequeñas.
La Presidenta de Chile, Michelle Bachelet, se despide con una mala actuación que ensombrece su balance. Sus complejos políticos, comprensibles por otra parte, le impidieron pedir ayuda al ejército cuando se necesitaba y Chile ha visto tambalearse sus principios de país de orden y su imagen internacional. Esto no es un tango y 20 años de concertación entre la Democracia Cristiana y el Socialismo, aún contra Pinochet, son muchos años, por eso el triunfo de Sebastián Piñera traerá aire freco, estoy seguro, a la Democracia Chilena, aunque la llamen despectivamente «la derecha». Por cierto, ¿Frei qué era?... lo mismo pero envuelto en un saquito de complejos.
Cónsul general de España en Nueva York