Los 32 directores de los centros contemporáneos españoles de arte, las asociaciones valenciana y española de críticos de arte, la Academia de Bellas Artes, los artistas –de Miquel Navarro a Iturralde, de Cardells a Genovés–, el Consell Valencià de Cultura. La sonada del mundo del arte continúa desde todos los frentes, incluidos los relacionados con el PP. ¿Cómo ser refractarios ante las voces de la cultura y la sociedad civil? Sólo los iluminados o los envilecidos pueden abstraerse ante esa materia prima, que clama contra la censura y el ultraje a un centro de arte y defiende los derechos básicos de la convivencia democrática y la autonomía en el ámbito de decisión. Muchos dirigentes del PP advierten en privado del error cometido: son los que no están afectados por el sectarismo, los que renuncian a levantar las siglas partidistas como un mazo para golpear las divergencias, los que se sacuden las genuflexiones y reverencias, los que no se comportan como un mero usufructo de los intereses de partido. Los otros, los que todavía dividen el mundo entre rojos y azules, ningunean la injerencia y piensan que son víctimas de un montaje político o de una conspiración de izquierdistas radicales con base en Moscú: cualquiera que ose pronunciarse contra su confortable línea oficial comete un atentado y ha de ser objeto de desprecio. Aún así, son conscientes de su gigantesco error, pero sólo de su error estratégico. Su equivocación o descuido apenas tiene que ver con los principios. El disparate lo es porque inflinge un borrón en su carrera política. Tal vez la cadena de mando decida relegarles. La deshonestidad de los censores lleva incorporada el indulto de la ignorancia.
Pero la equivocación en política –y ésta es colosal, ya que afecta al núcleo mismo del edificio democrático– nunca acaba en humo. El dirigente ha de admitir el error, el primer paso para devolver a la sociedad parte de lo que se le ha arrancado. No importa ya su purificación personal, importa la de la institución que representa, que ha quedado maltrecha. Justo lo contrario del papel que han decidido profesar Caturla, Rus y Enguix. Con el PP desconcertado, no han dado un paso al frente, no diré ya para inmolarse. Ése mismo PP pasmado exige un gesto y se gira hacia Rajoy, que desembarca en Valencia este fin de semana bajo la estela del escándalo. El guiño de la condena lo ha proporcionado Rita Barberá.
Hablando de Rita. Los partidismos suelen velar el entendimiento. Barberá ha sido la única dirigente del PP de aquí –junto a Gónzalez Pons– que ha disentido sobre la determinación de retirar la exposición periodística. Es igual. Los socialistas, en lugar de jalear la intención, la repudian. Qué más da, si proviene del PP. Y echan mano del historial de agravios. No interesa lo que dice sino quién lo dice, aunque se rechace la censura y se argumente, en este caso –sólo en este caso–, contra la burrada cometida por sus correligionarios.
Y otra. ¿Por qué la izquierda parlamentaria ha de acudir irremediablemente a todas los actos de protesta de la sociedad civil relegando el protagonismo de los actores principales y sabiendo como sabe que se le acusará de instigar el «montaje»? ¿No puede abstenerse? Es difícil, puesto que su cultura se ha formado en las reivindicaciones callejeras. Pero ha de ser consciente, al menos, de su papel secundario y del riesgo de ocupar el centro de la imagen. Ayer parecía que Román de la Calle hubiera ingresado en las filas del PSOE, tal era la envoltura acaparadora de los apasionados dirigentes de la oposición.
jcivera@epi.es