Sostiene Lola, mi profesora de yoga, que la tierra se está reajustando como prueban los terremotos, las olas gigantes y las ciclogénesis explosivas. «Menos mal que los volcanes se están quietos», añade Lola. Bueno, la Tierra, la bolsa, lo que llaman, en clara muestra de impiedad, el mercado de trabajo, los centros financieros, todo se reajusta, aunque algunas de estas entidades tienen culo de elefante y cada vez que lo reacomodan, destrozan algún termitero. Al parecer, miles de individuos y pequeños grupos en busca de la armonía anterior provocarían un salto cualitativo –menos crispación–, en el plano de realidad más mostrenca, pensemos en Alfonso Rus.
Me gusta esa visión holística –la Iglesia creo que lo llama comunión de los santos–, si no como verdad literal, al menos como verdad poética. Yo me aplico, como de costumbre, aunque luego en un ejercicio de yoga particularmente acelerado, le he dado al centro de meditación –una planta florida, un quemador de incienso y unos platillos tibetanos– una tremenda patada y todo ha salido rodando: las fuerzas tectónicas a escala microcósmica.
Esto que digo igual le parece poco serio a más de uno. Tal vez se lo parecen más los estudios del FMI, citados cuando no dan una y cuando se vuelven a equivocar, todo un misterio. El caso es que leí en «ABC» que Zapatero es un líder «pastueño», o sea manso y coloidal, mórbido y mimosín, algo que subleva y enfurece al macizo de la raza. Estos adjetivos, como comprenderán, sólo pueden encontrarse en «ABC», por eso lo leo. El otro día las chicas de TVE le hicieron una entrevista versallesca, cortesana, a Zapatero que, sin embargo, abandona en «su» tele la lucha ideológica que otros practican veinticuatro horas al día. Como no es tonto (contra el parecer de mucha gente), deduzco que esa conducta ondulante y pastueña, sí, le retribuye de alguna manera ¿Hará yoga? En cualquier caso en la Segunda Guerra Mundial, y en la larguísima postguerra que acabó en 1989, perdieron las potencias más aguerridas y cuarteleras.
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