El secretario general del PP de la provincia de Valencia, Juan José Medina, el buen alcalde de Moncada, llamó cabreadísimo a la dirección regional del PP para quejarse de que estaban dejando solo al presidente Rus, a los diputados de Cultura, Salvador Enguix, de Economía, Máximo Caturla, el artífice, y a todo el PP provincial en su decisión de retirar las fotos de la exposición del MuVIM sobre el caso Gürtel. Era la segunda vez en pocas fechas, que yo recuerde, que la organización provincial roza o choca con la dirección regional y con el Consell.
La anterior fue lo de Zarra. Se acordarán que el Consell, —no sé si pillado por la actualidad y sin prepararse, como se suele hacer, las posibles preguntas de los periodistas— no rechazó que el almacén de residuos nucleares pudiera venir a Zarra y abogó por la libertad local a la hora de decidir. Si se acuerdan, después de aquella posición neutral del Consell, que a todos nos sorprendió, el PP de Valencia, por boca de Juan José Medina, le pedía al ayuntamiento de ese pueblo del interior que retirara su solicitud al Gobierno. Aquello no debió de caer bien porque contradecía la posición sobre el asunto fijada en Presidencia.
Esta vez, con lo de las fotos de las chaquetas y demás, por el contrario, ha ido todo más soterrado. Las llamadas desde el provincial se produjeron cuando vieron una actitud tibia en el PP regional y en Presidencia — con un Francisco Camps viajero— que no sabían dónde meterse mientras arreciaba el escándalo nacional.
Para mayor desespero de Alfonso Rus, que fue quien parece que autorizó finalmente la retirada de las fotos, apareció Rita Barberá y no sólo no respaldó a las «altas esferas» de la Diputación de Valencia sino que criticó la censura. Y desde Madrid «la Soraya eixa» también y pidiendo explicaciones, che.
Los gritos se debieron de oir en todo el Palau de la Batlía, sede de la Diputación, y hasta en el de enfrente, en el de la Generalitat, y hasta en el de los Valeriola, donde trabajaba antes Vicente Rambla, primer vicepresidente. Así es que articularon una especie de respuesta que debería de dar satisfacción a Rus y no implicar al presidente del Consell gracias al comentario que hizo, de pasada, Miguel Bosé señalando la cacicada del MuVIM como un ejemplo de que aquí también hay censura y no sólo en Cuba.
A Rambla, envuelto en la senyera, y circunspecto le tocó salir circunstancialmente atacando al pobre «Papito», que anda delgado y de promoción de disco, con el argumento recurrente y ya fastidioso de que el comentario del cantante ofendía a a todos los valencianos. Por favor… qué falta de imaginación y cuánto desparpajo ante una cuestión tan grave. Y a González Pons, también, convertido en un director general de compras de discos de los valencianos, en general, y de los votantes del PP, en particular, anunciando que no le van a comprar su «Cardio».
Ninguno de los dos, no obstante, afirmó que Rus y Caturla habían hecho bien y que les parecía muy bien. De modo que no fue suficiente o no pareció suficiente en el palacio de enfrente. Las llamadas se prodigaron: «Es mejor que te calles… si no te importa. Dejemos que pase esto. Hay que darlo por zanjado, que viene Rajoy». «Vale yo me callo, digo que después de fallas, que ahora lo que toca es hablar de fallas, pero lo de Rambla es poco».
El otro vicepresidente, aunque no esté en el organigrama, ni cobre por ello, Rafael Blasco, dio al día siguiente un apoyo más explícito, sutil, circundante y sin dar su opinión. Y la portavoz del Consell contestó que le registren, que «no es parte ni directa, ni implicada». Veremos cómo se lo ha tomado Rus.
La sensación de caos subió de tono cuando, para colmo, desde Castellón, Carlos Fabra, soltó que él habría destituido directamente al director del museo y hubiera puesto en su lugar a su chófer… esto último lo digo yo. Y por si alguien no había tomado nota, el hombre que «no tiene tiempo de morirse», sacó tiempo de su agenda para darle la última bofetada al PP regional diciendo que qué tontería es esa de pagar para el rescate de la AP7, que con la autovía ya «va be».
La semana que remata la Magdalena y que abre las Fallas no podía ofrecer un panorama más descriptivo de adonde están llegando las cosas en el partido que nos gobierna. Que no nos gobierna. Camps no controla a Ripoll en el sur, no controla y tiene de los nervios a Rus, en el centro, y, por supuesto, tampoco a Fabra, señor de Castellò. El discurso disperso se ha apoderado del partido.