Mucho ruido y pocas nueces», así, más o menos, titulaba la semana pasada «The Economist» un artículo sobre la economía española. Lo malo es que ahora ya no se puede decir como en ocasiones anteriores que a la prensa británica la mueven intereses ocultos. Porque una de dos, o se están equivocando la inmensa mayoría de los economistas de prestigio españoles y extranjeros, los poderosos e influyentes organismos económicos internacionales, los más sesudos expertos financieros de la banca nacional y foránea y los agudos y finos analistas de la prensa especializada de aquí y de fuera... o se están equivocando el Gobierno de España, los autonómicos y en general los políticos con mando, acompañados por la parte del sector financiero que controlan, las cajas de ahorro, acompañados de un súbitamente mudo y estático Banco de España. Apenas caben dudas en la respuesta a este sucinto dilema. Los segundos han decidido meter la cabeza bajo el ala esperando a que la crisis se resuelva con sus propios mecanismos y con algún paño caliente añadido en la confianza de que los ciudadanos se creerán su fatuos discursos sobre el inicio de la recuparación.
Y los primeros —los expertos— que conocen el percal y no tienen nada que perder en el envite, coinciden de forma aplastante en la imperativa necesidad de que España ejecute inmediatamente las reformas en su economía y estructura que exige la peligrosa situación. Si no, los sabios coinciden en la alternativa: a España y a los españoles les esperan largos años de empobrecimiento y desempleo, un amargo viacrucis para una sociedad que supo subirse al tren de vida europeo, pero que nunca fue capaz de dotarse de gobernantes y líderes sociales a la altura de su potencial, una maldición que persigue a los españoles en los últimos siglos y que los ciudadanos afrontan con fatal (¿o tal vez letal?) resignación.
Esta semana pasada ha habido toda una manifestación de expertos financieros, economistas y analistas nacionales e internacionales, reclamando reformas urgentes en la economía española. Por ejemplo, Javier Gómez Navarro, un empresario ligado al PSOE —fue ministro de Comercio con Felipe González— y en la actualidad presidente del Consejo Superior de Cámaras de Comercio de España, criticó el viernes que el sistema financiero nacional se esté resistiendo a bajar los precios —entre un 20 y un 30%— de las enormes bolsa de activos inmobiliarios que poseen. «El problema no es sólo que tengan que vender más barato. El problema es que no venden y tienen inmovilizado un dinero que no renta». Gómez Navarro denunció, como hemos hecho en estas páginas en ocasiones, que el 'problema inmobiliario' se puede extender como una metástasis si no se acelera el proceso de reestructuración del sistema financiero, que avanza muy despacio —más bien habría que decir que no avanza— «por motivos políticos, personales, regionales y empresariales, ya que nadie quiere dejar de tener una caja de ahorros en su localidad» (¿no les suena esta 'música'?). Remató su discurso Gómez Navarro con un personal 'momento Churchill': «Los ciudadanos echamos de menos que alguien hubiera planteado lo de sangre sobre lágrimas, es decir: tenemos una crisis importante y todos juntos podemos salir si somos capaces de afrontarla».
También el presidente del BBVA, Francisco González, un 'duro' del sector bancario, pidió ante su Junta de Accionistas que se acometan con urgencia reformas estructurales «de calado», se saneen las finanzas públicas y se reestructure en profundidad el sistema financiero para que España no pierda la credibilidad de los mercados que la financian. Y volvió a cargar contra las cajas de ahorro como un día antes hizo el presidente de la Asociación Española de Banca (AEB), Miguel Martín (es novedoso que los banqueros critiquen a la cajas de ahorro tras una vida entera de mutua 'comprensión' salpicada como mucho de pellizcos de monja). Decía FG en evidente alusión a las cajas de ahorro, que «sólo un sistema financiero integrado por entidades solventes, rentables y sujetas a controles apropiados puede proporcionar a las familias y las empresas el crédito necesario para apoyar el crecimiento de la economía».
El rosario de presiones nacionales e internacionales para que España inicie reformas urgentes es interminable. Incluso el Banco Central Europeo considera en su boletín de marzo que el Gobierno «no está apoyando con medias concretas su programa de estabilidad y corrección del déficit fiscal». Eso mismo señaló la OCDE, que también acusó al España de no aplicar las medidas propuestas para reducir su déficit, y a otros que tampoco se creen el plan que el Gobierno ha presentado ante España y el mundo. «All talk, no walk» titulaba su duro artículo The Economist. Lo subtitulaba con un no menos duro «Un sistema financiero en vilo» y lo iniciaba con una demoledora primera frase: «Todavía sigue vigente hoy ese antiguo estereotipo español de dejar las cosas para mañana». Acababa el 'repasillo' la prestigiosa revista después de comentar la enorme deuda y morosidad de nuestro sistema financiero señalando que «las cajas no pueden demorar mucho más las cosas. El FROB expira en junio de este año, pero se espera que el plazo se prorrogue. Mejor mañana que nunca».
Miremos a nuestro alrededor, o más bien hacia arriba, a nuestras Administraciones públicas, a los dirigentes del sistema financiero, de los bancos y de las cajas, que son los que cortan el bacalao. ¿Han dado algún paso para cambiar de forma sustancial las cosas de como eran antes de la crisis? ¿A qué esperan? ¿Tienen miedo a perder su tren de vida aunque al resto se les caiga el mundo encima? En efecto, mucho ruido, pero pocas nueces.
(Mientras tanto, la Generalitat, que en secreto sigue desgranando recortes presupuestarios, incrementa su deuda al tiempo que desciende el PIB de la Comunidad. Vamos de culo y cuesta abajo. Que nadie diga que no estábamos avisados, como cuando estalló la burbuja del ladrillo...).
Un director para el MuVim. A rey muerto rey puesto. Ya le están saliendo novios al Museo de la Ilustración para sustituir al dimitido Román de la Calle después del escándalo surgido tras la estrafalaria actuación de los tres gnomos censores y la complicidad de sus protectores. Debido a las características del puesto, la 'Dipu' sólo puede elegir entre nombrar a un funcionario o crear la plaza y sacarla a concurso, aunque en esa casa nunca se sabe si se van a cumplir las normas... De momento se ha aplicado cerrojazo a cualquier comentario sobre la cuestión (en realidad, en los últimos tiempos todo el PP valenciano se ha transformado en un partido-cerrojo). Por si acaso, ya van sonando nombres para el puesto, como el de un ilustrado ex periodista improbablemente dispuesto a cualquier cosa por un cuarto de hora de gloria y el de un escudero papista a la caza del papel de su vida, entre otros.
Periodista. cruzs@arrakis.es