Una especie de maldición mediterránea

María José Gil

 05:30  
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El cocinero Ferran Adrià decide cerrar su restaurante «El Bulli» y se produce una conmoción en los medios de comunicación. La noticia ha salido en los telediarios como si fuese un gran acontecimiento y los periódicos la dieron en sus portadas como si se tratara de un suceso trascendental, que sigue dando que hablar varias semanas después. Cocinar ha sido una de las labores cotidianas que han venido realizando las mujeres desde que se inventó el puchero, sin que nadie le viera ningún mérito especial hasta que los hombres se pusieron el delantal y decidieron hacer de la comida una religión. A partir de entonces, la cocina se convirtió en gastronomía y pasó a ser considerada como un arte eminentemente masculino , en el que apenas despunta alguna mujer.
En una película sin pretensiones, que hasta ahora sólo he visto a trozos, una chica griega explica a su novio americano los vínculos tradicionales que han mantenido la cocina familiar como el núcleo del matriarcado en la cultura mediterránea. La explicación que da la protagonista de Mi gran boda griega al chico para orientarlo en el extraño universo doméstico de su casa es que «las mujeres de las familia se dedican a dar de comer a todo el mundo hasta el día en que se mueren». La chica lo cuenta con naturalidad, como una curiosidad más de las costumbres griegas, pero lo que retrata es una tradición que ha funcionado durante siglos como una especie de maldición mediterránea.
La comida es una de las tentaciones más irresistibles y uno de los rituales sociales con mayor carga simbólica, que en todas las culturas sirve para mantener los vínculos familiares y el espíritu de clan. Cuando las nuevas generaciones de madres dejen de dar de comer los domingos a toda la familia, ésta desaparecerá como institución.
El acto de cocinar es además un ejercicio de seducción. Guisar es un trabajo meticuloso que requiere planificación, experiencia y atención, pero necesita además un destinatario que disfrute del esfuerzo creativo.
Hasta Pepe Carvalho, el detective que Manuel Vázquez Montalbán nos presentó siempre como un tipo duro y descreído, con la educación sentimental de un cowboy, invitaba a su novia o a su vecino el asesor cuando cocinaba. El Carvalho más auténtico no era el conquistador misógino de vuelta de todo que quemaba los libros para encender la chimenea, sino el cocinero hedonista y entregado.
Ahora, el investigador de moda es un periodista sueco que no sabe cocinar ni comer. Su encanto ya no es el de un tipo duro, sino el de un periodista comprometido con sus convicciones éticas, que un día se descubre escribiendo en la sección de sucesos y tribunales la información que antes publicaba en las páginas de economía, y decide llegar hasta el fondo. Aparentemente, Carvalho y el protagonista de la saga Millennium no tienen nada en común, pero entre ellos hay un paralelismo casi poético: los dos se enamoran en el último libro, a pesar de que ni Vázquez Montalbán ni Stieg Larsson podían saber que estaban asistiendo al desenlace real de la vida de sus personajes.
Las historias de un detective charnego de ascendencia gallega que se mueve en el submundo de las Ramblas de Barcelona y del periodista sueco que investiga la corrupción pública y privada no tienen nada en común. Cada uno de ellos podría ser el contrapunto del otro y, sin embargo, ambos acaban su trayectoria alejándose de mujeres con las que habían mantenido relaciones más o menos estrechas durante décadas porque encuentran el amor de su vida, que no habían llegado a conocer hasta ese momento.
Si Vázquez Montalbán, que murió con 64 años; y Larsson, que falleció a los 45, sintieron la necesidad de humanizar a sus personajes de ficción al final de sus vidas y les dejaron comportarse como hacen las mujeres desde el momento en que empiezan a razonar por sí mismas, llego a la conclusión de que los hombres sufren un extraño proceso de maduración que no da sus frutos hasta que perciben algún tipo de señal que les avisa de la inminencia del final. Como la hoja roja invisible de la que escribió Miguel Delibes.
Parece como si ellos estuvieran empeñados en vivir la vida siguiendo unas coordenadas diferentes a las que siguen las mujeres. Hasta que en algún momento dejan de guiarse por su propia brújula y deciden desandar el camino que se habían inventado para buscar la estela que ellas han ido marcando desde el principio de la eternidad. De momento, el enigma no parece tener una explicación lógica, pero puede ayudar a averiguar por qué los hombres están aprendiendo a disfrutar con la compra, con la cocina o cuidando de sus nietos.
Es posible que su reloj biológico atrase. O que funcione al revés. Quién sabe.

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