La sorpresa, también para los falleros, directivos y el mismo artista de Convento Jerusalén, va a traer consecuencias que van más allá de la recomposición de artistas, proyectos y los típicos dimes y diretes. Supone, de entrada, el fin del reinado de la comisión hegemónica en los últimos seis años, Nou Campanar. Y coincide con el principio de una etapa en la que la austeridad va a primar. La victoria de la falla de Jesús Barrachina, con la mitad de presupuesto, demuestra que no era cuestión de dinero y por tanto da más mérito a los seis triunfos seguidos de la comisión impulsada por Juan Armiñana, que los obtuvo no por el gasto supermillonario sino por la obra en sí. La de Almirante Cadarso también ha ganado este año el tercer puesto con la mitad de inversión que el cuarto de Sueca. Esto podría devolver las cosas a su sitio y animar a todos a aspirar a lo más grande, pero la crisis no dejará que sea así. Las comisiones falleras van a entrar en el peor año económico de su historia. El que ahora acaba ha sido muy difícil y para el que viene se impone necesariamente sanear las arcas falleras, muy ordeñadas para esta edición. La federación de fallas especiales quería poner el tope de 100.000 euros a los presupuestos de los monumentos. Era la excusa ideal para explicar la hegemonía de Nou Campanar. Pero lamentablemente será la crisis la que imponga, por consiguiente, este techo, que es como ponerle fin a la etapa de máxima espectacularidad que ahora termina.