Cuando éramos periodistas jóvenes o tontos o ambas cosas, solíamos cerrar la semana josefina —así llamada— con una pregunta al prócer, político o fallera mayor de turno: «¿Qué quemaría usted esta noche?» o (para los más aguerridos) «¿Qué o a quién quemaría usted en su falla particular?» En la jeta del prócer (Valencia produce próceres como otros países generan canteros o pelotaris), en ese rostro importante, digo, amanecía una sonrisa complacida y el interpelado se lanzaba por la pendiente de la franca o penitencial complacencia. Los buenos deseos y la censura de las costumbres son tan baratos…
¿Seguirá ese rito? Por supuesto, la continuidad lo es todo y quienes demandan innovación a las Fallas no saben lo que se dicen. Se cambia algún ingrediente y permanece el sistema de cocción y de hecho los mayores suplicios para la población civil generados por el festejo proceden de dos novedades recientes: las carpas y el lucerío descomunal. En la noche del 19 al 20, el tiempo tiene una de sus famosas rótulas que pliegan el invierno y levantan, erecta, la primavera, apuntando hacia la alta mar del verano. Lo descubrí hace un siglo en una falla modesta del Cabanyal. Habíamos venido de Sueca en una banda de cornetas y tambores y entre las chispas y la humareda de la «crema», sentí palpitante y luminoso el paso del tiempo y la declaración rabiosa de que el mundo era mío. A todos nos ha pasado. Ciertas noches son mágicas como los goles son de Leo Messi.
Jim Morrison cantaba entonces: «queremos el mundo y lo queremos ahora». No entendía la letra, pero sí sus implicaciones, llámenlo como prefieran: sincronicidad junguiana, resonancia emocional o comunión de los santos, el caso es que ese fluido sutil o substancia escapista que llamamos tiempo y que constituye lo mismo las pirámides que las mollitas de Letitia Casta es una invitación a bailar, solo o preferiblemente acompañado, al sol, aunque sea al de la noche. No sólo arden, como suele decirse, abusos y lacras, sino la misma actividad censora. Goce.
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