Como se despertó de malas pulgas, retrocedió en la lectura matutina de periódicos cuatro veces. La primera, cuando se reconoció irreconocible en una fotografía. La segunda, en un artículo de opinión de un periodista amigo. La tercera, en una carta al director del periódico de referencia de la progresía en la que se le mencionaba como ejemplo a seguir pero por su contumacia en el error y por sus ocasiones perdidas. ¡Pobre lector!, pensó. La cuarta le exigió mucho más tiempo, más pesar y más atención, todos los cuales siempre le habían parecido atributos inútiles en un líder político. Se trataba de unas declaraciones de su lideresa madrileña, Esperanza Aguirre, esa empecinada dispuesta a repetir el dos de mayo contra lo que fuera, contra él, por supuesto. Animaba a su secretaria general, M.ª Dolores de Cospedal, porque seguro que iba a ser la segunda mujer presidenta de comunidad autónoma de España. No acababa de entender la intención, si la había, ni la motivación, si existía, de aquella declaración casi manifiesto. Una trampa más, una miseria de baterías de costa a las que ya estaba muy acostumbrado. Pero no quiso quedarse ahí, era demasiado simple. La explicación estaba en la velocidad de la declaración, no en su contenido. ¿Para qué tanta prisa en mandármela a paseo? ¿Ni siquiera me dejará tomar la iniciativa en este asunto, tan sencillo?
Se acabó el café, la prensa y los churros. Ahora, el primer puro del día. Satisfacción inmensa. ¡Qué ganas de no salir a la calle! Coche blindado, escoltas, declaraciones y ese Zapatero moribundo pero que no cae cual fruta madura. Y este tocho sobre el IVA. Da igual, me opondré. Seré presidente a mi pesar, que ya es decir, y podré descansar en la Moncloa, ahora tan bonita con ese aire zen que le han dado. ¡Qué suerte!