En mitad de la habitación hay una mesa, unas sillas, una chica y dos chicos. Uno de ellos se acerca a la chica, le sujeta la cara, le echa crema corporal por las mejillas, y llama a alguien para que vea «la corrida en to la cara». Risas. La chica gime cuando se ve en el espejo, pero no parece sentirse vejada. En la siguiente escena se ve una habitación más grande, con camas. En una de ellas está la chica de «la corrida». Los chicos de antes, que se mueven por la casa desnudos de cintura para arriba, entran en el cuarto colectivo. El más creativo, el que llenó de crema la cara de la chica semejando un golpetazo de semen, se echa mano a las bermudas, y por un pernil se saca los genitales y se dirige a la chica, que dice, por favor, por favor, por favor. El otro chico hace las veces de ayudante, y por eso sujeta el cuerpo de la chica tumbada.
El asunto va en aumento, y vemos a uno de ellos en el siguiente plano golpeando con la mano el culo de la mujer al tiempo que le dice que va a chillar como una guarra. Vemos en los siguientes planos que la habitación se ha ido llenando con otros habitantes de la casa, y ven entre risas cómo sus dos colegas, con el sexo fuera, manosean, restriegan, y hacen movimientos que todo el mundo sabe interpretar. Lo que vengo contando no es una película. Son unos minutos de Generación Ni Ni. Alberto Buale, el sicólogo que trata de enderezar a estos desechos sociales, no da crédito al vídeo que ve con ellos, que aseguran, al verse en pantalla, que sienten vergüenza. Como espectador, uno no siente vergüenza, que también, siente indignación, y que esto se les va de las manos. Emitir un principio de violación como si fuera un juego es demasiado. ¿Para La Sexta no?