Barberá, hasta en la plaza de la Virgen

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Pedro Muelas

Vistas desde el helicóptero que sobrevuela la plaza del Ayuntamiento, seguramente estas Fallas que ahora han pasado y nos han dejado la resaca del fin de semana plagado de visitantes, han sido iguales a las del año pasado, pero de cerca se observan pontones nuevos por los que van a entrar innovaciones y, por supuesto, polémicas. La primera, la última en salir al escenario: la petición de Barberá de forzar el paso, los pasos, de la Ofrenda para acabar a las diez y media de la noche y que ella y el presidente Camps estén en la plaza de la Virgen a buena hora para recibir, como Julio Tormo con la alcachofa de TVV, a la fallera mayor. ¿No es bastante Barberá ya desde el balcón del ayuntamiento durante 19 «mascletades». (Por cierto, ¿a quién abucheaban el 19 si no estaba De la Vega?)
La ¿orden? llega justo el año en que de mejor manera y más rápidamente se ha concluido el paseo floral de más de cien mil criaturas en dos jornadas. Hasta ahora se entendía que había que agilizar y organizar mejor la Ofrenda y se debatía cómo hacerlo con nuevos recorridos o con un día más por razones de fuerza mayor: la fallera nunca llegaba a la Nit del Foc y tantas horas hacían agotador el acto para los participantes y familiares en paralelo. Ahora bien… ¿para que la alcaldesa y el presidente del Consell puedan recibir a la fallera mayor en la plaza es motivo suficiente?

La «mascletà» de Vicente Caballer En recorrido inverso, Vicente Caballer ha abierto la puerta a un mundo nuevo para las «mascletades». Ha sido el año de las de María Angustias, de Jaén; los hermanos Caballer, Ricardo Caballer y Vicente Caballer, pero ante todo ha sido el año de la última, la del día 19, en la que el público irrumpió emocionado a aplaudir antes de que concluyera… y eso que aún faltaba la gran innovación que ya había anunciado el genial pirotécnico: por primera vez en la historia el terremoto fue perimetral, con lo que la sensación se trasmitía en la misma intensidad y dimensión para todos los lados de la plaza. Y de una precisión absoluta, como si lo ejecutara un solo y gran músico. Marcará sin duda escuela y los pirotécnicos revisarán la secuencia una y otra vez.

¿Quién juzga al jurado que juzga? Jesús Barrachina, el feliz presidente de la comisión Convento Jerusalén que le ha arrebatado el trono a Nou Campanar después de seis años de victorias consecutivas, tiene acuñada una frase —tiene más— que va dedicada al presidente de la Junta Central Fallera, Félix Crespo: «El 16 perderé los papeles y seguramente soltaré algún insulto, pero el 17 pediré perdón.» Este año, desde luego, no ha insultado a nadie, pero el diagnóstico del jurado de la sección de Especial ha desatado toda suerte de suspicacias y hasta acusaciones en la parte alta, media y baja de la clasificación, con mensajes telefónicos por escrito contra el secretario general de la JCF incluidos. La composición del jurado es una asignatura pendiente, sus criterios, la puntuación, los integrantes… Se ha probado de todas las formas —hasta los presidentes pudieron tener en su mano la elección— y colores: gentes de aquí, técnicos de allá, profesores de acullá, estudiosos de derechas, de izquierdas, del centro… Pero se debería seguir intentando hasta cuadrar la fórmula ideal que despeje, si no del todo porque es imposible, las incertezas que cuestionan el fundamento de los premios. En la actualidad, al menos en la Especial, no se sabe quién forma parte del jurado —bien hecho, por cierto, para ponerlo a salvo de las presiones de los presidentes—, no se sabe por qué se elige a uno o a otro, no hay criterios sistemáticos ni conocidos, unas veces sí y otras no, participa un artista fallero, no son fijas las puntuaciones, los aspectos a votar… Demasiado arbitrario todo, en esta y en anteriores ediciones. Y todo elegido por una o dos personas. La JCF tiene ahí tarea, si no quiere que acaben un día mal las cosas.

200.000 euros Al intento de evitar susceptibilidades supongo que, aun siendo verdad y razón, no ha ayudado mucho la frase de Rita Barberá celebrando que haya ganado Convento Jerusalén a la hegemónica Nou Campanar y diciendo que este veredicto anima a las demás fallas. ¿Se trataba de eso este año? La caída de Nou Campanar, aunque parezca contradictorio, prueba que su éxito no venía dado sólo por el dinero. La crisis y su desplazamiento a un espacio más pequeño va a hacer que no repita gran falla. El tope de los 100.000 euros ya es una risa, incluso entre los que lo propusieron: el año que viene, el que más, se gastará 200.000 euros.

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