La cara es una cosa y el rostro otra. Lo dijo Castilla del Pino. La cara es siempre la misma. Y sobre ella escribimos unos rasgos que la modifican: las arrugas de la frente que cuentan alguna preocupación, el brillo de unos ojos que explica la alegría, el torcimiento de la boca para dejar bien claro que no nos fiamos de lo que dice nuestro interlocutor. Podríamos decir, con el ilustre maestro en tantas disciplinas, que escribimos en la piel de la cara lo que queremos transmitir a los demás.
Estos días anda revuelta la calle a cuenta de la censura impuesta por los mandamases de la Diputación de Valencia en el MuVim. La noticia daba la vuelta al mundo y cada uno escenificaba su postura en un bando u otro del acontecimiento. Las izquierdas políticas y las intelectuales se alineaban con el grito de libertad lanzado al aire por Román de la Calle, el director del museo que dimitió en un gesto de dignidad, un gesto que como él mismo contaba en este periódico debería ser síntoma de lo normal y no de lo extraordinario. La derecha, mientras tanto, se alineaba en esa franja que le es tan querida: la coraza protectora que no dejara un solo agujero por donde pudiera colarse la pólvora enemiga. Cierto que ha habido alguna opinión más o menos crítica dentro del PP con sus colegas inquisidores. Pero sin demasiada rotundidad. Ahora digo esto, ahora digo lo otro, ahora una metáfora como la de la alcaldesa de Valencia, ahora una excusa que suena a exculpación apenas encubierta de la mamarrachada.
En este paisaje de corazas contra los disparos del otro lado, el presidente Alfonso Rus fabricó la suya: las paellas de la Dipu. Todos los años por estas fechas, diputados y diputadas, alcaldes y alcaldesas, amigos y amigas, se juntan en una noche arrocera para celebrar las Fallas. Este año la paella se convertiría en la coraza con la que el PP protagonista de la censura se defendería de las críticas. Por eso el propio Rus se encargaba de pasar la nota a su militancia: a quien falte la noche de las paellas le corto los cojones. Bueno, eso es una metáfora que yo pongo aquí, igual que la que ellos fabricaron para esconder su simpatía por los censores.
El caso es que yo esperaba que la oposición, o sea los socialistas, no estaría en esa cena que a mayor gloria de la censura organizaban los mismos que habían perpetrado la fechoría en el MuVim. Estaba convencido de que era una falta de coherencia aparecer en la fotografía al lado de Román de la Calle y también en la que protagonizarían los autores de la infamia que llevaron al director del museo a presentar la dimisión. Pero me equivoqué. La noche de las paellas allí estaban todos. Los socialistas dejaron una silla vacía en señal de protesta por el atentado contra la cultura cometido por el principal anfitrión de la fiesta. La respuesta crítica a lo que sea tiene un escenario que muchas veces es simbólico. Sin embargo aquella noche ese escenario no debería haber sido sólo una silla sino la plaza entera donde se celebraba el ágape. Y debería haber sido ocupado, el escenario, por los protagonistas de la indignidad, sólo por ellos.
Pero no fue así y reconozco que cada vez me pierdo más en los lenguajes estrambóticos que la política usa para expresar lo que siente. En la explanada de las paellas la cara era la del PP y sus censores, una cara que atenta permanentemente contra la libertad de expresión y todas las que se les pongan por delante. Y desgraciadamente el rostro, esos rasgos que completaban un mensaje de elocuente camaradería, lo pusieron los socialistas. La cara de unos y el rostro de los otros conformaban esa noche un paisaje que la democracia crítica con la insania y el mangoneo de cuatro déspotas aprovechados no se merece. Espero al menos que el arroz estuviera en su punto y que el estómago de los comensales no respondiera con flatulencias incómodas a la hora de acostarse. Eso espero al menos. Eso.