Habitualmente, un padre de familia dedica los días festivos y sus vísperas a salir con su mujer e hijos, dar un paseo por la ciudad, deambular por los jardines o visitar algún parque zoológico. Así, durante algunas horas, la mente familiar se oxigena y el estrés cotidiano disminuye. Sin embargo, César Sánchez Domínguez (nacido en Coria, Cáceres, el 2 de septiembre de 1971), padre de tres hijos, emplea los fines de semana y algún otro día, en dibujar volantines sobre el césped, o «gespa», pero sin sus hijos ni su mujer.
Papá Sánchez Domínguez roza los 40 años de edad y se dedica a detener balones porque es su profesión. Intercepta muchos (ahora, los comentaristas gilipuertas le llaman al balón «bola», al chut, «golpeo» y al pase, «asistencia») y por ello el Valencia C.F. figura en el tercer lugar de la clasificación de la Liga y no en el quinto.
Su rostro, cincelado por la bravía tierra extremeña, es todo un libro abierto de disciplina, voluntad de superación, lealtad a su oficio y un cierto pesimismo existencial, fruto de la lucidez. Es un hijo de las dehesas cacereñas, de Hernán Cortés, Pizarro y Pedro de Valdivia.
La primera vez que lo escuché, entrevistado por Fran Guaita en La Taula Esportiva (Radio 9), me dije: «He aquí un futbolista que piensa, razona y no dice sandeces». Seguro, pensé, que es un honrado padre de familia como los de antes. Un clásico, que si bien casi siempre está por los suelos (una metáfora del césped) es para alimentar a suprole.
De inmediato me vino a la memoria Sir Stanley Mattews, aquel extraordinario jugador del Blackpool y la selección de Inglaterra. Se retiró a los 50 años. Lo vi jugar, gracias a la TV en blanco y negro, aquella en que los realizadores retransmitían los partidos con sobriedad funcional y no como ahora, donde todo es una especie de vídeo clip ininteligible. Un galimatías audio visual.
Matthews ya tenía nietos y driblaba en menos de medio metro. Los días que libraba, iba con ellos a los jardines de Kesington, y todos les lanzaban bolas de pan a los pavos reales, como corresponde en un país monárquico.
Sánchez Domínguez es un «padrazo». Lo sé gracias a César Toldrá y a una entrevista publicada en la agencia EFE, donde trabaja. El papá que rebota en el césped de los campos de fútbol empezó su carrera en el U.P. Plasencia. Precisamente, conozco esta población porque visité un secadero de jamones y admiré el maravilloso espectáculo de los cerezos en flor del Valle del Jerte.
César Sánchez Domínguez me produce más impresión de soledad (la del portero, ante el penalti o los delanteros) que otros de sus colegas. Concentrado. Sufrido. Sobrio. Ropa térmica, porque «estamos mucho tiempo parados». Y al puñetero césped, otra vez. Hay que alimentar a la prole.Incluso, a veces, es como un personaje de Doménicos Theotocópulos («a») El Greco. Pero no el del cuadro El Caballero de la Mano en el Pecho, sino El de las Manos en el Balón, que todavía no ha sido pintado.
Al cancerbero del Valencia CF le encanta ir al supermercado con su mujer, le gusta la paella y el vino de la Ribera del Duero. Aprendió inglés cuando jugó en el Tottenham. Al respecto, resucito una anécdota de los años 60 del siglo XX, cuando el Valencia C.F. participaba en la Copa de Ferias. Vino a Mestalla el Nottingham, e inmediatamente fue rebautizado por el ingenio valenciano como el «no tinc fam». Papi César: en tus manos encomendamos nuestras esperanzas e ilusiones. Esplendor en la hierba.