Aunque sólo tuve dos o tres encuentros con José Vidal Beneyto (en 1974, creo), y luego algún tropiezo ocasional, no me parece impropio citarle como todos le llamaban: Pepín. Juraría que cuando lo conocí representaba a una autodenominada Alianza Socialista Madrileña, que formarían como media docena de personas, y aspiraba a ocupar un espacio a la diestra del PCE y de la mano del PCE, lo que da cuenta de su buena fe. Aunque Pepín les daba cien vueltas en conocimiento y creatividad a la mayoría de los popes de la intelectualidad académica, hizo toda la vida esfuerzos por seguir siendo Pepín, evitando así que su pasión especulativa se viera lastrada por la respetabilidad, un fardo pesado y fofo que impide el vuelo del intelectual. Pepín tenía la consistencia de la ligereza, la solidez de la eterna inquietud, el chisporroteo de los cuerpos sutiles. Más o menos como les pasa a los electrones.