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Esperando a los bárbaros

 05:30  

Roberto Cantos

Entre el desorden de papeles que duermen en los cajones de mi escritorio he encontrado un viejo artículo de hace veinte años. Su título Esperando a los bárbaros estaba inspirado en el poema de Kavafis. El ambiente político nacional que hoy estamos viviendo inspira a una nueva interpretación.
Era una mañana distinta. En la plaza del pueblo las gentes se agolpaban en corros, murmurando en actitud expectante y temerosa. Me acerqué a los escribanos y pregunté:
-¿Qué esperamos reunidos en la plaza?
Me contestaron casi al unísono:
-Es que hoy llegan los bárbaros.
El pueblo había enmudecido. El senado había perdido toda actividad. Ya no se dictaban leyes, ya no se escuchaba la elocuencia y las arengas de nuestros oradores. El silencio y la esperanza acogían la llegada de los bárbaros para que fueran ellos quienes gobernaran, quienes dictaran leyes y los esperaban, engalanados con sus mejores joyas, para fascinarlos.
Kavafis, escribano de la belleza, intentaba convencer a las gentes que no esperaran, que los bárbaros realmente son invenciones de quienes incapaces de gobernar los han creado como esperanza y solución de sus problemas. No obstante, poetas y filósofos, arquitectos y artistas, hombres y mujeres aguardaban en la plaza, mirando el horizonte, esperando con la mejor de sus sonrisas la llegada de los Bárbaros.
Pero yo he conocido a los bárbaros. He crecido con ellos. Se sentaban en los banquetes del poder luciendo, sin recato, brazaletes gamados de amatistas y cruces retorcidas. Los he visto escupir en el foro. He visto ondear sus banderas en la plaza y he podido escuchar los cánticos marciales de glorias y victorias obtenidas sobre el Senado romano. Han defendido la ignorancia, han enmudecido la oratoria y la controversia. Todavía hoy unos censuran las ideas, los libros, las exposiciones, otros vestidos de negro mancillan a nuestros hijos.
Yo os digo que los bárbaros existen. Están siempre en las fronteras de nuestras ciudades. Y los discursos de nuestros oradores han de pasearse por calles y plazas. Cónsules y Pretores tendrán que luchar con la fuerza de sus palabras, con la esperanza del progreso, ganándose la confianza del pueblo que llena nuestras plazas.
Los senadores y el eco de sus palabras debe llegar a todos los rincones de nuestra vieja Roma.
Los pregoneros no pregonan. Están en las fronteras con los bárbaros.
Los Bárbaros existen.
Roma es nuestro mundo. Roma no es únicamente un jeroglífico de calles, plazas y luces. Roma, la nuestra, es un espacio de libertad, de encuentros y contradicciones, de expresión y de creatividad.
Y preguntándome si la cultura bárbara también existe, he recordado aquellas palabras del pedagogo, sociólogo, periodista y político argentino D.F. Sarmiento: «la cultura de la inteligencia, descuidada en la tribu tártara, es aquí no sólo descuidada sino imposible».

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