El final, el pseudonacionalismo tiende a homologarse, al igual que la armadura nacionalista, cuya columna vertebral es idéntica. Bono ha sido, durante décadas, la figura estelar del pseudonacionalismo. Articular una vía nacional algo coherente extrayendo desde la nada ora un conejo, ora una paloma, sin un pasado cultural propio —sin una literatura particular—, estableciendo los límites de cohesión en las fronteras administrativas dadas, tiene mucho mérito. Un mérito asombroso. Ni Chaves ni Rodríguez Ibarra llegaron a tanto al imitar el modelo catalán desde la gramática castellana. En esa misma tradición, legada por Bono, se halla hoy Barreda, que sigue a pies juntillas los pasos ideológicos de su antecesor. Y como los regionalismos en acción, o los pseudonacionalismos en reacción, tienden a la uniformidad y al calco del ámbito mítico, Barreda parecía ayer el mismísimo Camps y Cospedal un mero reflejo de Luna o Alarte antes de cambiar el chip del agua del PSPV. Un reflejo condicionado, eso sí. Le dijo Cospedal a Barreda en la estela del conflicto hídrico intercomunitario: usted no quiere resolver el problema del agua, sino seguir viviendo políticamente de él, como en los últimos treinta años. Agarren la frase y trasládenla a esta periferia. Lo mismo que le espetan aquí los socialistas a Camps. Y no sólo los socialistas. La oposición en pleno. En la otra acera, otro tanto. Barreda acusa a Cospedal de ser antimanchega, de no defender la «habitación propia» y de moverse por intereses distintos. Es el discurso que ha utilizado el PP valenciano para vestir su santo y arremeter contra los socialistas, vendidos al oro de Madrid. ¿Qué sucede? No sucede nada. Que Barreda gana en La Mancha y Camps en la CV gracias a la extensión de ese imaginario pseudonacionalista. Que la izquierda y la derecha usan la misma llamada de la tribu con fines electorales. Y que los conflictos del agua, bien llevados, engendran más pseudonacionalismo que la selección española de fútbol, la Moreneta, Covadonga, la Geperudeta, l´Aplec del Puig en octubre (si aún se celebra) y el monasterio de la Valldigna, ese «tótem» al que quiso dar vida Camps y que nunca existió (porque es sabido que la vida y la existencia no son lo mismo).