La Feria del Libro acaba hoy. No sé cómo habrá ido si hablamos de negocios. Creo que la industria del libro no es como los bancos de Botín, las inversiones rentabilísimas de Matas o Luis Bárcenas y los montajes prevaricados de los Gürtel que organizaban Correa y el Bigotes con el permiso de la autoridad competente. La literatura te enseña que hay algo distinto no sólo en lo que cuenta sino en la vida de quienes la leemos. Leer es resguardarte, como dice Philip Roth, de esa estupidez en que muchas veces los políticos siniestros convierten el mundo en que vivimos. Pero yo no quería hablar esta mañana de domingo de los estúpidos gobernantes que a veces nos toca soportar. Lo que quería y quiero decirles es que la Feria del Libro de Valencia se acaba hoy y que en su aventura de este año ha rendido homenaje a Juan José Millás. «Escribir es uno de los fenómenos más enigmáticos y preciosos que puedan concebirse». No lo digo yo, sino uno de mis autores preferidos: Julio Ramón Ribeyro. Este mismo autor peruano es un ejemplo de lo que él mismo asegura. Su vida, ligada al tabaco y al alcohol, nos ha deparado, hasta que murió en 1994, una de las escrituras más profundas, sarcásticas y autónomas que podemos encontrar en la literatura contemporánea. Cuando leí por primera vez a Juanjo Millás me quedé enganchado a su novela «Visión del ahogado». Los subrayados de muchas de sus frases diseñan el espacio cómplice de vida y escritura que descubrí en sus páginas espléndidas. Luego vinieron otras novelas y después de esas novelas llegaron sus columnas periodísticas. Todo lo que escribe me lo trago sin antes hacer gárgaras para ver a qué sabe su escritura. Dicen los escritores masocas que escribir es un padecimiento, pero no me imagino a Millás sufriendo a la hora de escribir, aunque a veces ponga cara de cansado y de una cierta y agria personalidad complejísima. Eso a mí no me importa. Lo conozco y sé que me lo paso bomba cuando escucho lo que dice, sus ocurrencias geniales, el punto de ironía ácida que adoba su relato, el mundo que se inventa en sus artículos y en sus novelas que es el mundo divertido donde el horror cotidiano se alimenta de la mejor literatura. Se mira por dentro Juanjo Millás y nos ofrecerá luego esa mirada con la pinta de una lucidez que no esquiva ningún desasosiego. Y aún más: enseguida contará ese desasosiego como si fuera el tipo que se inventó las cuchufletas. Me acuerdo de Robert Walser y sus paseos por las mañanas de genio solitario: «Las cosas más elevadas y las más bajas, las más serias y las más graciosas, le son por igual queridas y bellas y valiosas». Así el escritor al que la Feria del Libro ha rendido tributo hace unos días. Es un lujo tener a Juanjo Millás de vecino en esta casa. Durante mucho tiempo compartimos página. Siempre atento a lo que escribe, me siento cómplice directo de sus fechorías, aunque con alguna ejerza yo una cierta distancia: hablo de Cuba y los apoyos que la oposición interna a la revolución, ex revolución o como quiera que se llame ahora lo que empezó en 1959 recibe estos días de personajes importantes de la política y la cultura españolas. Aquello es un lío impresionante, claro que sí. Pero si Silvio Rodríguez desde Cuba y desde Miami Gloria Estefan me dicen ven, como en el bolero de Los Panchos, yo me voy con los ojos cerrados al lado de Silvio. Pero bueno, aparte de Cuba, todo lo demás me junta con ese monstruo de la escritura que es Juanjo Millás. Por eso, aunque hoy acabe la Feria del Libro se quedará por aquí su buena escritura, su ironía crítica y mordaz con lo que pasa, esa mirada que a veces tiene el color de la lástima y otras te atraviesa como si fuera la espada de un mago en medio de esa farsa que tantas veces es la vida que nos dan y que nos damos. Un gozo, pues, leer todos los días al periodista, al escritor, al amigo. Sobre todo al amigo. Sobre todo.