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Llegó la hora de la responsabilidad

Editorial

 05:30  

«Miénteme, dime que podemos superar esto sin reformas indoloras», ironizaba la pasada semana un economista sobre el feo signo de la economía española. La mentira resistió poco. Se puede hacer un ajuste para buscar la austeridad, la eficiencia o ambas cosas. No se puede hacer una apariencia de ajuste, que es lo que pretendía España hasta esta dramática semana. Somos una economía tutelada. EE UU y los grandes de la UE han zarandeado al Gobierno para enfrentarlo con su peor pesadilla: una inmersión de realismo. Estamos enlazados como uvas por un mismo racimo, que es el euro. Tirar de una arrastra a otras, por eso intervienen. Pero no nos engañemos. Nadie ajeno nos sacará del pozo. Sólo podemos rescatarnos a nosotros mismos.
España no es Grecia pero, diga lo que diga el secretario de Estado de Economía, José Manuel Campa, se le puede ir pareciendo. Los males no tienen aquí la desmesura griega. Excepto en lo tocante a subir impuestos —todo se andará— las recetas para abordarlos son, en cambio, idénticas. Se veía venir. El último en querer enterarse era el Gobierno. Después de llamar antipatriotas y locos hace menos de una semana a quienes ponían en duda la solvencia española, Zapatero se descuelga de la noche a la mañana con un ajuste de caballo.
Ya no es sólo que funcionarios y jubilados tengan que pagar los platos rotos con una importante merma de sus ingresos, algo inédito en la historia económica moderna de España. Es que, embeleco tras embeleco, los gobernantes nos han tomado por tontos inflando previsiones, hinchando velas de optimismo, complaciendo a todo el mundo. Alentaron la inconsciencia en medio del peligro. Échese la culpa a especuladores, disfrácese la cosa con la jerga que se quiera, invéntense atribuciones externas para evitar responsabilidades, el problema es bien sencillo: como en cualquier hogar, hay que garantizar que el gasto del país sea inferior a los ingresos porque de lo contrario llega la ruina. Sólo de intereses, el Estado paga por el dinero que le prestan en el extranjero para funcionar tanto como en subsidios de desempleo, otra factura bárbara e insostenible durante mucho tiempo.
A nadie puede ocultársele ya, porque la herida escuece en carne viva, la necesidad de soportar grandes sacrificios. No ha lugar para poner verde al Gobierno cuando no hace nada y cuando, aunque sea forzado, se remanga. Sí cabe reprocharle que haya sido irresponsablemente sordo durante tanto tiempo, demagógico con los mayores en Rodiezmo, que haya aumentado salarios y plantillas públicas como si nada ocurriera hasta hace dos días para blandir ahora el hacha. De haber actuado antes quizá la carga y su reparto sería otra. La oposición dio la voz de alarma pero Rajoy no supo transmitirla con credibilidad y contundencia. Más preocupado de ver pasar el cadáver del rival por delante de la puerta, no conectó con la sociedad, que percibió en la algarabía la estrategia de siempre, juego de políticos. Pero esta vez eran gigantes, no molinos.
Hay una dolorosa evidencia. Durante muchos años, engañados, hemos vivido muy por encima de nuestras posibilidades. No somos ricos. La deuda privada duplica a la pública, el país está hipotecado. La autoridad es el atributo de un político. La terrible malformación de este Ejecutivo de globo sonda es que carece de ella para marcar liderazgo o para meter en cintura a los barones locales, algo ineludible si de verdad se quiere arreglar esto. A los pensionistas les van a quitar 1.500 millones de euros. Mantener las televisiones autonómicas cuesta cada año 1.000 millones. A algunas regiones, como la nuestra, no les vale con una, y tenemos cuatro. Los gobiernos autónomos, empezando por el valenciano, hacen de su opacidad un sayo. Siendo por gasto parte sustancial del Estado, cada vez resulta más difícil saber qué dinero reciben y cómo lo manejan. Algunos, en plena recesión, hasta han aumentado presupuesto. Es hora de hablar de muchas cosas.
El gran factor diferenciador de la Comunitat Valenciana y de España con respecto a otras economías es su elevadísima tasa de paro, sin equiparación posible con países desarrollados. El Estado del Bienestar pesa como una losa. A este ritmo, la sanidad valenciana se colapsará en unos pocos años. Tenemos una electricidad un 8,8% más cara que la media europea, cuando hace dos años era un 4,4% más barata, porque se priman las caras fuentes eólicas y solares tras las que se parapetan, muchas veces, simples cazasubvenciones. Hay que reformarlo todo: educación, mundo laboral... Finiquitar los momios, el absentismo, el escaqueo, los ascensos sin mérito, los sobrecostes, los concursos a medida. Necesitamos empleo y empresarios. Con crisis y sin ella, las administraciones públicas distan mucho de ser eficaces. Ni las autonomías pueden «estirar més el braç que la mànega» ni el Estado puede seguir gobernando como antes con la mitad de dinero. Lo dice hasta un socialista de la generación que manda, y ex ministro de Zapatero, Jordi Sevilla. España tenía, al comienzo de la crisis, margen de endeudamiento. En vez de aprovecharlo para financiar reformas que posibilitasen un crecimiento sano lo fundió en medidas defensivas. Antes una dulce agonía que amputar la gangrena, qué vulgaridad. El resultado, dos años perdidos. Nada se gana con lamentarlo.

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