Le hice caso a David Cantero en el informativo del fin de semana y no vi lo que él advirtió como imágenes muy duras, de la cogida de Julio Aparicio en la plaza de las Ventas, en Madrid. La advertencia la escuché la semana pasada, y creí estar a salvo de la morbosa repugnancia porque miré para otro sitio y sólo escuché el clamor de los espectadores que pagaron su entrada para ver, en caso de suceder, imágenes duras. El toro le barrió con la pata trasera haciéndole perder el equilibrio, y al girarse se encontró con la cara de Julio, no he visto nada tan impactante en mi vida, decía sobre las imágenes, difíciles de mirar, Rafael González, banderillero del maestro. A pesar de mis precauciones, las imágenes difíciles de mirar las he visto. He visto la mandíbula del figurín vestido con un traje ajustado de fantasía atravesada por los cuernos del bicho, las he visto en portada de periódicos y las he visto en todo su esplendor maqueadas para ser emitidas, ralentizadas, despacito, para que esas milésimas de segundo que dura el viaje del cuerno hacia el exterior, allá por la boca abierta, se disfruten como se paladean los manjares, como esos planos gore en los que estalla un corazón a cámara lenta para que las gotitas de sangre dibujen en el aire salpicaduras que acaban estampándose en la cara, ojalá, del espectador.
Casi el mismo día vi tres mandíbulas abiertas, pero de risa. Búsquenlas. No sé si fue antes o después de que un señor llamado Francisco Camps, en su delirio insondable, pidiera una medalla mundial interplanetaria para su gobierno. En la imagen se ve al hombre más feliz del universo apretando los dientes y riendo como lo que es, un hombre feliz. A una parte, Isabel Bas, así llamada la esposa del hombre feliz, también dando a entender que vive un momento dulce. A la otra, mucho más que feliz, desabrochada por los convulsos estertores de la dicha, Rita Barberá. Pero si viendo la imagen uno no sabe que esa mujer está riendo de gozo pudiera pensar que está sufriendo antes de que sucedan las cosas, antes de que un astado le atraviese la barbilla y el cuerno le congele el gesto y se quede con su risa dolorosa. El cuerno que destrozó el paladar de Julio Aparicio y lo convirtió en la viva imagen de cualquiera de los personajes con los que Picasso pobló el Guernica me llevó a la luz. De esa mandíbula congelada por el dolor llegué a mandíbulas más prosaicas en las que vi relaciones que hasta ayer no entendía. El PP creo que acumula la mayor cantidad de mandíbulas prognatas, la misma por la que conocemos la barbilla afilada, hacia adelante, de Carlos V, que recurrió al consabido truco de la barba para disimular el defectillo. Ni los reyes podían entonces ir al quirófano de la sanidad pública para enmendar a la madre naturaleza. ¿Saben a dónde quiero llegar?
Hagan la prueba. Cierren un momento los ojos. Visualicen al líder del PP. Recuérdenlo tratando de meter su lengua en vereda, es decir, tratando de que no se le salga de la caja, recuérdenlo hablando con su peculiar salpicadero de eses en desbandada. Ahí está. Ya hemos llegado a la mandíbula prognata de Mariano Rajoy. Sigamos. Recordemos a la secretaria general del PP. Tiremos de archivo personal y veámosla en una imagen que nos ofrecía sólo hace unos días, con fondo floral, con chaquetilla verde, tal vez verde pistacho, cuando en vez de hablar de economía, como decía un tertuliano en el desayuno de Ana Pastor en La 1, empezó a mal sincronizar las manos para irse por las ramas de la literatura y hacer de Zapatero un Robin Hood de los ricos. Madre mía. María Dolores de Cospedal también tiene mandíbula prognata. De hecho hay algo en su sonrisa que no encaja. Creo que cuando tiene que reír, ríe, y cuando no tiene que sonreír, también ríe. A ver si la felicidad que embarga al PP, tiene que ver con las mandíbulas de sus dirigentes. Javier Arenas, sin embargo, es de la escuela de la ceja, y por eso no sólo jamás ríe sino que cuando la levanta, la ceja, es para anunciar el lado oscuro, los turbios dominios de la sombra.
Luego están los de la ceja, ya saben, la recua reservada a los rojos de mierda que a la hora de recoger premios son unos margaritas que en público dan las gracias «a mi compañera, a mi amiga, a mi amor, a Penélope», quién iba a esperar que Javier Bardem hablara de sentimientos en vez de escupir a los curas de Cajasur por ser unos canallas. Las mandíbulas prognatas parecen dar al PP la felicidad, la ceja levantada la húmeda geografía de lo turbio. Miren a Zapatero, el padre de la escuela, que ha viajado de la luz a las tinieblas. No sé si conocen uno de los últimos programas que emite Cuatro la noche del domingo, Casadas con Hollywood. Si quieren acabar entendiendo a Camps, y sobre todo a Barberá abriendo en canal su mandíbula, véanlo. Es para partirse. Igual que las Mujeres ricas de La Sexta las de Cuatro son cuatro lobas que viven borrachas de bótox y enfermas de silicona, que manejan menos pasta de la que dicen tener porque quienes manejan pasta de verdad no salen en la tele anunciándolo ni fardando ni enseñando su lado más friki. Están María Bravo, ex de Bruce Willis, ahora casada con un descendiente de Cartier, el joyero, Marieta Anderson, pareja de un fotógrafo de celebridades, Blasi Ciudad y Pilar Baize. Todas hablaban de glamur y elegancia, pero cuando ves que una de ellas tiene el deseo de casarse en Las Vegas, en la Venecia de cartón piedra, y con el imitador de turno de Elvis Presley, y otra asegura que en Los Ángeles si no te haces la manicura cada semana no eres nadie, vamos, que Camps resulta ser un tío sensato que es feliz porque la vida lo ha hecho así y algún día reirá como Rita, con la boca preparada para que el toro, que llegará, le atraviese la mandíbula.
LA CAMPA
Cuando uno ve las fotos que hace la guardia civil o la policía a los que van a declarar, uno se pregunta si las hacen con mala leche, si en la foto va la condena, o es al fichado al que, en pisando esos terrenos como sospechoso, imputado, acusado, o como se llame la jerga legal, ya se le pone cara de malo. Antena 3, en Operación Kampanario, enseñó las fotos en exclusiva, y terribles, de María José Campanario. Vamos, una asesina.