Desde que el volcán de nombre imposible de leer, escribir y recordar sembró el pánico y llevó al caos en el espacio aéreo europeo, pido el asiento de ventanilla cada vez que vuelo. Me paso luego el trayecto mirando las señales de la nube de cenizas que trastorna planes, anula viajes y nos pone en el sitio oportuno a nosotros, los humanos. Pero no hay forma. Ni siquiera en los días de mayor alarma, cruzando la zona que los mapas asignan a la nube, he podido verla. Nada parecido a las imágenes de la televisión, con la vorágine de las bocanadas que lanzaba el volcán; pero tampoco una neblina siquiera modesta.
Nada en absoluto: cielos despejados en las alturas; nubes de desarrollo vertical. Me dio en pensar que lo de la nube era una alarma táctica más, como la de la gripe A, destinada a distraer a la ciudadanía con el fin de impedir que preste atención a los problemas reales. Pero, por suerte, he leído en este mismo periódico que los pilotos de los aviones, que son quienes más crédito merecen en este asunto, tampoco han visto la nube de marras y, aun así, creen que existe. Lo que sucede es que la nube no es una nube, cosa que indica siempre un grado extremo de malignidad. Sucede como cuando los políticos no son políticos y dedican sus esfuerzos a otros menesteres que van desde las maniobras de enriquecimiento propio a las que se destinan a empobrecer al prójimo. La nube es poco más que concentración sutil e imperceptible de cenizas, con una cantidad de materia por metro cúbico que se acerca a la de las plumas de los ángeles. De hecho, las dosis de cenizas necesarias para cerrar el espacio aéreo son diez veces menores en Europa que en los Estados Unidos, aclaración que no deja de sembrar aún más dudas. ¿Serán irresponsables las autoridades estadounidenses o se blindan las europeas ante cualquier riesgo, por remoto que resulte?
Uno de los pilotos consultados ha dado una prueba empírica de la presencia de la nube: no se ve pero se huele; un tufo como de azufre. De noche, podría ir acompañada incluso de llamaradas (lo que los navegantes conocen como fuego de San Telmo). ¿Azufre, llamaradas espectrales? El demonio mismo no lo haría mejor ideando el escenario preciso para convencer a los agnósticos. Seguiré pidiendo ventanilla en busca, ahora, de los signos del Maligno. Me concentraré en especial en los vuelos que contengan varias veces en su código el número 6. Se veía venir: el éxito de los libros que, mezclando esoterismo, religión y suspense, venden millones de ejemplares son el ejemplo. No es cosa de despreciar ese efecto catárquico que purifica los pensamientos innobles. Un olorcillo sospechoso, un relámpago y de pronto todo cuadra: se trata de Satanás. El consejo de ministros y su presidente no tienen culpa alguna de lo que nos sucede.