En la fotografía que salía el miércoles en este periódico está el hombre abriendo una puerta acristalada. Viste chaqueta azul de entretiempo, pantalón claro, un jersey a rayas horizontales que parece de manga corta, de verano. Se adivina en la parte baja de la imagen una cartera de piel marrón firmemente sujeta por una mano que se intuye militante, a modo de esa garra innoble que muestran altivas las aves carroñeras. Imagino que el hombre entra por la puerta acristalada para tomar posesión de las dependencias del Museu Valencià de la Il·lustració i la Modernitat. El hombre es el nuevo director del MuVIM. Se llama Javier Varela y sustituye en el cargo al profesor Román de la Calle, que dimitió cuando los responsables de la Diputación de Valencia censuraron una exposición de fotografías donde aparecían algunos miembros destacados del PP envueltos en los efluvios del caso Gürtel.
Cuando alguien llega a un sitio para ocupar allí un cargo de responsabilidad debería presentarse como una persona afable y sobre todo cautelosa. Por encima de todo habría de contemplar las mínimas reglas de la discreción, del respeto a quienes antes que él trabajaron a su manera el tajo que llevaban entre manos. Al fin y al cabo, como dice Caballero Bonald, somos una especie de mestizaje, de mezclas muy diversas, y será finalmente el decoro lo que mejor nos identifique como individuos. Habría de ser pues la observación de ese decoro, de aquel respeto a quienes estuvieron antes, de la discreción a la hora de tomar posesión del nuevo cargo, lo que distinguiera definitivamente a una persona inteligente y digna de un auténtico patán.
Pero el hombre que abre la puerta en la fotografía del periódico y responde al nombre hasta hoy incógnito de Javier Varela se inclina más por la patanería que por la inteligencia y la dignidad. Ha sido abrir la boca y escupir mierda. Las palabras sirven para paliar las diferencias o para sembrar la discordia. Y el hombre de la cartera marrón se ha calado el uniforme desde el principio: el PP es su partido, ha sentenciado sarcásticamente que el MuVIM es un «cadáver exquisito» y su proyecto al frente del museo será un manifiesto plagado de referencias a la patria valenciana, a la pintura local, a la ofrenda de nuevas glorias a España, al pasado victorioso de los suyos cuando ganaron la guerra, a la prolongación de Blasco Ibáñez sobre los derribos del Cabanyal. Por lo que dice el primer día de su comparecencia ante los medios de comunicación, quiere convertir el MuVIM en un hermano gemelo de Canal 9: «el museo ha de contribuir al debate público». Me imagino ese debate, sus participantes, quién lo dirigirá, su carné político, la caza a la izquierda en todas las sesiones.
La intolerancia intelectual como imagen de marca de un hombre que viene de no sé dónde y se aferra a su cartera de piel marrón como si en ella ocultara no el cadáver exquisito de los surrealistas sino la insana, analfabeta costumbre de masacrar la disidencia. Pocas veces nos hemos encontrado con un personaje dedicado a tareas culturales en que coincidan trazas de zafiedad anacrónicas tan manifiestas como en el nuevo director del MuVIM. La explicación de aquella zafiedad puede estar en la condición de estrecha amistad que según él mantiene con el presidente de la Diputación, Alfonso Rus. Al final será verdad aquella vieja sentencia: Dios los cría y ellos se juntan. En la fotografía de donde sale esta columna, el hombre abre la puerta del museo dispuesto a comerse cruda la memoria del MuVIM. Y yo recuerdo con tristeza los versos de José Ángel Valente: «Abrieron los augures las entrañas del dios y entregaron su cuerpo lacerado a los depredadores».
No sé qué quedará de la Ilustración y la Modernidad en la nueva etapa del museo dirigida por alguien que antepone su condición de militante del PP al rigor insobornable de la independencia crítica. Me temo lo peor. Eso me temo. Eso.