Este sábado pasado, el Parque Científico de la Universitat de València celebró la segunda edición de la jornada Expociencia. Resulta gratificante ver cómo, hoy en día, muchos científicos se afanan por presentar, de la manera más entretenida que se les ocurre, su actividad científica a sus conciudadanos, que a fin de cuentas son los que están pagando por esas investigaciones. Los niños y jóvenes son los auténticos protagonistas. Fue un gran esfuerzo de organización, ya que miles de personas pasaron por unas instalaciones cuyos inquilinos habituales hacen una ciencia de excelencia. Además, en los últimos tiempos, los investigadores han sabido conectar con la sociedad a través de proyectos conjuntos entre universidad, institutos, CSIC y empresas, algunas de las cuales han surgido de este embrión de ideas. En un momento de la actividad, se acercaron las autoridades por el planetario que instaló el Observatorio Astronómico. Al observar el cielo nocturno sobre la bóveda artificial, a pleno día, pudimos distinguir la constelación de Orión. No pude resistir hablar de la roja Betelgeuse, la azul Rigel, las tres estrellas que constituyen el cinturón del gigante Orión (Alnitak, Alnilam y Mintaka), y la gran nebulosa, en la zona de la espada. Una nebulosa que guarda secretos que los astrónomos han revelado recientemente gracias a imágenes del telescopio espacial Hubble. Entre ellos, cabe destacar la presencia de numerosas estrellas enanas marrones. Así es cómo los astrónomos designan a estrellas fallidas, en cuyo interior no se pueden mantener las reacciones continuas de fusión nuclear, características de las estrellas ordinarias, como nuestro Sol. La espectacularidad de la nebulosa crecerá en el próximo millón de años, y quizá como Roy, el replicante de Blade Runner, alguien, en un futuro muy lejano, «vea naves en llamas más allá de Orión».
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