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Tierra quemada

Cruz Sierra

 05:30  

Qué extraño momento histórico están viviendo los habitantes de este alargado y algo desestructurado territorio. Sujetos pasivos, como el resto de los españoles, de uno de los baches económicos más graves de la Edad Contemporánea –un enorme agujero negro que ya ha engullido a un país entero y continuará con quien se despiste–, los valencianos cuentan además con el «valor añadido» de convivir en una comunidad que desde hace ya tiempo navega a la deriva, sin rumbo político, desfondada económicamente y socialmente en decadencia. Hace dos, tres años, el empuje de la economía regional deslumbraba a quien se acercara, sus emblemas arquitectónicos reflejaban una economía desatada y decenas de elegantes hoteles se alzaban para dar posada a visitantes y empresarios que buscaban en Valencia «eldorado» del siglo XXI. Las principales instituciones capitalinas humeaban de sobreactividad y el sol nunca parecía ponerse sobre las expectativas de un país en racha. Fácilmente imaginable, en mitad de tanta felicidad ambiental nadie quería escuchar a los pesados habituales que llamaban la atención sobre el recalentamiento de la economía y las fatales consecuencias que éste y cualquier recalentamiento tendría sobre el país y sus habitantes. Y pasó. Pasó que la crisis «subprime» encendió la mecha a miles de kilómetros de aquí, que ésta recorrería el mundo, alcanzaría España y la Comunidat Valenciana y que tres años después, este verano, nos está abrasando. Ya lo ha hecho con el decorado. Los hoteles están vacíos, la expectativas se hunden bajo cero, las instituciones son presa del pánico –la depresión se ha extendido por las plantas nobles– y Valencia entera se han convertido en un escenario execrable (según la RAE: pérdida del carácter sagrado de un lugar, sea por profanación, sea por accidente). De accidente, nada. Los gobernantes que deberían estar sujetando con firmeza la caña de esta ahora frágil embarcación se hallan enfrascados en su propia salvación. ¿Las mujeres y los niños primero? Qué va, todos por la borda, capitán incluido. Nada de accidentes, en todo caso dejación de funciones. Deslocalizada la industria –con mayúscula– regional ante la indiferencia de los patronos locales, en su mayoría entretenidos primero en sus propios negocios inmobiliarios y ahora en el profundo agujero –la SGR no da a basto, ¿verdad, señor Roca?– provocado por ellos (poco a poco va haciéndose fuerte una nueva hornada, González, Morata, Lafuente... a ver si hay más suerte), sin industria, decíamos, a la Comunidad Valenciana sólo le queda depositar sus posibilidades de supervivencia económica real en los servicios: turismo, transporte, comercio... Los servicios financieros, que habían conformado un pujante cluster de futuro para mayor gloria la burguesía local, se ha desvanecido en el aire coincidiendo con el cambio de gustos de la CAM, que se ha pasado del arroz a las fabes. Aislada y con una resaca monumental, Bancaja deberá ser muy imaginativa ahora para mantenerse en casa y no acabar bailando el chotis, mientras el resto del panorama financiero regional se va fundiendo en negro por momentos: el Banco de Valencia camina con su acción noqueada, la Bolsa local se halla en vías de extinción, los escasos grandes capitales que aguantaban en casa están buscando aires más favorables y sólo el capital riesgo (su propio nombre lo indica) permanece para ver qué pesca. Confiemos en que el turismo y el transporte se mantengan en pie (con permiso de los estibadores). Falta por ver, pues, de qué somos capaces como comunidad para salir de este terrible agujero. Los empresarios, los trabajadores, los profesionales... tienen la palabra. No así la clase política que, lo dicen las encuestas, forma parte del agujero, por lo que apenas se puede contar con ella, especialmente con la instalada en la Generalitat, entretenida en guardar la espaldas al jefe y pendiente ahora de lo que pueda acontecer en Castellón en torno al sumario del cacique. La vergüenza ajena que está proporcionando todo ese espectáculo perfectamente integrado en el paisaje regional (esto es lo grave, que nos hemos acostumbrado) supera (o al menos agrava) cualquier otro sentimiento causado por la falta de previsión y decisión en la urgente resolución de los graves problemas económicos y estructurales que asolan España. Allá cada uno, unos anteponen la honra y otros los barcos. Lo malo es que a este lado de Contreras hemos perdido la una y estamos perdiendo los otros. Esto huele a tierra quemada.

La mayor operación inmobiliaria jamás negociada. Con este grisáceo panorama no debe extrañar por tanto que la Valencia económica que aún permanece atenta a cualquier atisbo de luz que surja para introducirse por él e intentar dejar atrás la pesadilla, se halle en estos momentos en silencio y expectante ante las confidencialísimas negociaciones que desde hace meses se están desarrollando en torno a lo que los expertos denominan «la mayor operación inmobiliaria de la historia de la Comunidad Valenciana». No, no se trata del Mestalla y sus aburridas peripecias. Hablamos de los 180.000 metros cuadrados construidos junto a la V-30, al ladito mismo de este periódico, que conforman la Ciudad Ros Casares y cuyo propietario, el industrial Francisco Juan Ros Casares, está negociando vender a diversos fondos de inversión británicos y norteamericanos. Una negociación de muy alto nivel –por una cuestión de responsabilidad y de no interferencia en las cosas de comer, es mejor no adelantar detalle alguno– de la que banqueros, cajeros e inmobiliarios están pendientes en tanto que su resultado marcará el escenario futuro –precios, plazos...– por donde se vaya a resolver la crisis financiero/ladrillera que atenaza a la economía valenciana. Vender y hacerlo en condiciones razonables, o no hacerlo, ésa es la cuestión.

Periodista. cruzs@arrakis.es

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