ÚLTIMA HORA

Los restos de Babel

 

R. Ventura Melià

El día que se anunció la construcción del nuevo estadio del Valencia CF fui uno de los pocos que pusieron reparos, por la enajenación de un bien público para una sociedad privada y otras dádivas añadidas sin más justificación. Además, como pueden recordar quienes en Levante-EMV informan puntualmente de cómo rueda el balompié, me permití dudar de su necesidad y en cambio señalé que todo pudiera acabar como la torre de Babel y quedar como símbolo de una Valencia que vivía para la burbuja, de la burbuja y bajo la burbuja, la del ladrillo.
He de reconocer que cuatro años después no sólo puede ser el símbolo de una situación penosa, en lo económico, de un club y unas empresas, sino que se le han añadido otros monumentos en este desmoronamiento general del ladrillo, y en media España. La Ciudad del Pocero, en Toledo, buena parte de urbanizaciones en la Patacona, algunas promociones suburbanas de infeliz memoria por la publicidad desplegada, y no digamos los sueños como el Manhattan de Cullera, se han convertido ya en el ejemplo y el símbolo palpable de que tomamos el camino equivocado y lo estamos pagando todos, no sólo los constructores.
Los restos de Babel, verdaderas ruinas de edificios a medio construir, fase uno hecha o la dos reenviada a un futuro mejor, ciudad deportiva y tantísimo PAI que se firmó, no sé si con la política de la sandía, roja por dentro, verde por fuera, o de la sandez, se esparcen por doquier como recuerdo de lo pasado y aviso de lo venidero. No es licencia recitar lo de «miré los muros de la patria mía…» y sí, están por los suelos, y aquellos solares vuelven a ser «yermos collados» y no de Itálica famosa.
Los bancos están sufriendo su particular vía crucis, tras salvarse con los créditos avalados por el Gobierno. Y no han hecho los deberes, por más que tronara la Unión Europea y el Banco de España, cuyo gobernador parecía predicar en el desierto (cuya prédica parecía solamente dirigida a amargar a Zapatero). Se trata de 600.000 millones de euros en juego. Ha sido una travesía del desierto y ahora vamos a seguir despeñados por un paisaje arrasado y podemos disfrutar de la vista de estos monumentos a nuestra insensatez, eso sí, bien repartidos a norte, sur, este y oeste. Que nadie se llame a engaño… Todo eran grandes proyectos, ilusionantes, todo era una inversión fabulosa, iba a traer progreso y prosperidad. Bien se ve cómo iban sus cálculos, sus asesores, sus gabinetes de estudios (¿han despedido a alguno?).
Y ahora se desprenden los cascotes. Mientras se van hundiendo algunas de estas realizaciones a las que, me temo, se añadirán las grandes obras en curso, tras el recorte en Fomento (es un suicidio, como Kruggman señala en The New York Times, que aumentará el paro y bajará el consumo, si se quitan esos estímulos de ortodoxia keynesiana). Pero es lo que recomiendan el FMI y la OCDE como doctrina de ajuste del déficit. De perdidos al abismo. Los socialistas alemanes avisan, Merkel quiere asesinar el crecimiento.
La gente joven, que no había vivido en carne propia una crisis, no sabe nada de la de los 70, que nos llevó a los Pactos de la Moncloa, ni la de los 90, que se llevó por delante a Felipe González. En la primera nos volvieron tres millones de trabajadores españoles que estaban por Europa y bajaron las remesas salvadoras. En la segunda, ya en la CE, recibimos muchas ayudas aunque luego nos obligaron al déficit cero para lanzar el euro, que ahora sirven tan mal (caída tras caída de su cotización por aquello de la confianza). Van, pues, a vivirla y sufrirla; va a durar más y el crecimiento será más bajo y el paro se mantendrá durante más tiempo (modelo Japón).
Estamos asistiendo seguramente a uno de esos ciclos, como el que sucedió tras la Guerra de Secesión en EE UU o tras la Gran Guerra, y que hizo a Keynes reflexionar y publicar «Las consecuencias económicas de la guerra» —por cierto, en la pequeña editorial de Leonard Woolf, Hogarth Press—, en donde recomendaba lo contrario de lo que se está haciendo. Si va a durar o no más que la crisis de 1929 no lo saben los expertos. Han quebrado menos bancos, el Estado en EE UU se ha movido más y más deprisa. Pero aquí hemos llegado a una segunda fase muy acelerada. Lo de predicar confianza ahora es una pura flatulencia, sin ninguna efectividad. Los mercados ya han tomado sus medidas, han hecho sus jugadas y las dentelladas han sido temibles.
En un paisaje de ruinas de lo que iban a ser ejemplos (como los de Dubai y los Emiratos, con los que competimos por la Copa del América) todo nos recuerda que quienes tomaron las decisiones se equivocaron y ahora, mira por dónde, nos quieren salvar. Es maravilloso, ellos saben cómo salir del hoyo. Hay que tener cara.

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